Maria Estuardo
Maria Estuardo A un hombre inteligente, superior, tan veloz transformación tendría que resultarle sospechosa. Aún tendría que sonarle en los oídos el estridente grito con el que ayer esta mujer, con los ojos relampagueantes como acero asesino, le llamó traidor e hijo de un traidor. Tendría que acordarse de que esta hija de los Estuardo no conoce el perdón para el oprobio ni el olvido para la ofensa. Pero Darnley es crédulo como todos los vanidosos cuando se le halaga, y olvidadizo como todos los tontos. Este muchacho ardoroso —curiosa complicación— es, de todos los hombres que María Estuardo conoció nunca, el que más apasionadamente la amó desde un punto de vista físico; este muchacho codicioso depende con un sometimiento canino de su cuerpo, y nada le ha irritado ni amargado tanto como que en los últimos tiempos ella se negara de pronto a sus abrazos. Y ahora —inesperado milagro—, la codiciada vuelve a prometérsele por entero. La rechazante le apremia a que se quede con ella esa noche, y enseguida las fuerzas de él se disuelven, enseguida vuelve a ser tierno y dócil, su esclavo espiritual, su servidor, su fiel criado. Nadie sabe con qué refinado engaño lleva a cabo María Estuardo el milagro de san Pablo de la conversión, pero antes de que pasen veinticuatro horas desde el crimen, Darnley, que acaba de engañar con los lores a María Estuardo, ya está dispuesto a todo, sin voluntad, y hará lo que esté en su mano para engañar a los compinches de ayer: con más facilidad aún de la que ellos habían tenido para atraérselo, la mujer vuelve a atraer a su siervo. Le proporciona los nombres de todos los implicados, se muestra dispuesto a permitir la fuga de María Estuardo, se entrega, débil, para ser herramienta de una venganza que finalmente tiene que alcanzarle a él mismo, como traidor entre los traidores. El que creyó entrar en los aposentos como dueño y señor los abandona como dócil instrumento. De un solo golpe, pocas horas después de la más profunda humillación, María Estuardo ya ha roto las cadenas; el más importante de los conspiradores está, sin que ellos lo sospechen, conjurado contra los conjurados, un genial disimulo ha vencido sobre la maldad del otro.