Maria Estuardo
Maria Estuardo Mas, oh, fatalidad: siempre que, excepcionalmente, aparece en política una idea clara y lógica, su necia puesta en práctica la echa a perder. Al principio, todo parece ir a las mil maravillas. Los lores, a los que rápidamente llenan los bolsillos de dinero, aprueban satisfechos el contrato matrimonial. Pero al astuto Enrique VIII no le basta con un mero pergamino. Ha puesto demasiadas veces a prueba la hipocresía y codicia de estos hombres de honor como para no saber que un contrato jamás les vincula y que, de recibir una oferta superior, estarían dispuestos de inmediato a vender la reina niña al heredero de la corona de Francia. Por eso exige a los negociadores escoceses, como primera condición, la entrega inmediata de la niña a Inglaterra. Pero si los Tudor son desconfiados para con los Estuardo, los Estuardo no lo son menos para con los Tudor, y ante todo la madre de María Estuardo se resiste a ese trato. Educada, siendo una Guisa, en un estricto catolicismo, no quiere entregar a su hija a una fe herética, y no le cuesta mucho trabajo descubrir en el contrato un peligroso escollo. Porque, en un artículo secreto, los negociadores escoceses sobornados por Enrique VIII se han comprometido, en caso de que la niña muriera tempranamente, a actuar en el sentido de que de todos modos «todo el poder y la propiedad del reino» recayeran en Enrique VIII: y este punto es muy discutible. Porque de un hombre que ya ha puesto en el tajo la cabeza de dos de sus esposas cabe esperar que, para hacerse más rápido con una herencia tan importante, haga que la muerte de esa niña se anticipe y no sea del todo natural; así que la reina, madre cuidadosa, rechaza la entrega de su hija a Londres. La petición de mano casi se convierte en guerra. Enrique VIII envía tropas a apoderarse por la fuerza de la valiosa prenda, y su orden al ejército da una cruel imagen de la desnuda brutalidad de aquel siglo: «Es la voluntad de Su Majestad que todo sea exterminado por el fuego y la espada. Quemad Edimburgo y arrasadla en cuanto hayáis cogido y saqueado cuanto podáis… saquead Holyrood y cuantas ciudades y pueblos deseéis en tomo a Edimburgo, saquead y quemad y someted Leith y todas las demás ciudades, exterminad sin compasión a hombres, mujeres y niños allá donde se os oponga resistencia». Como una horda de hunos, las bandas armadas de Enrique VIII cruzan las fronteras. Pero en el último momento la madre y la niña son puestas a salvo en el fuerte castillo de Stirling, y Enrique VIII tiene que conformarse con un tratado en el que Escocia se compromete a entregar a Inglaterra a María Estuardo (que sigue siendo negociada y vendida como un objeto) el día en que cumpla los diez años.