Maria Estuardo
Maria Estuardo Se ve que estos expertos y experimentados quebradores de juramentos conocen la volatilidad y falta de valor de una palabra meramente dicha, exigen seguridad documental. Pero MarÃa Estuardo es demasiado orgullosa y demasiado cauta como para vincularse a asesinos con su firma. Ninguno de esos rufianes debe poder jactarse de poseer un bond de su mano. Pero precisamente porque está decidida a no conceder esa cédula a los conspiradores, finge su alegre disposición a hacerlo… ¡tan sólo hay que ganar tiempo hasta esa noche! Darnley, que vuelve a ser por entero cera en sus manos, es encargado de la miserable tarea de mantener con falsa cordialidad en jaque a sus compinches de ayer y engañarles con la firma. Se presenta como hombre de confianza a los rebeldes, elabora con ellos la solemne cédula conforme a sus deseos, hasta que no falta más que la firma de MarÃa Estuardo. Ah, esta noche ya no podrá estamparla, declara Darnley, la reina, profundamente agotada está dormida. Pero se compromete —¿qué importa al mentiroso una mentira más?— a entregarles el escrito firmado por la mañana temprano. Cuando un rey empeña de tal modo su palabra, la desconfianza serÃa una ofensa. Asà que, para sellar el pacto, los conjurados retiran los guardias de los aposentos de MarÃa Estuardo. La reina no querÃa nada más. Ahora, el camino a la fuga está abierto.