Maria Estuardo

Maria Estuardo

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El pacto verbal está cerrado. Pero aun así los conjurados no acaban de decidirse a retirar sus puestos de guardia ante las puertas de María Estuardo. Alguna sensación incómoda les inquieta. Los más inteligentes de entre ellos conocen demasiado bien el orgullo de los Estuardo como para creer, a pesar de todos los hermosos gestos de reconciliación, que de verdad María va a perdonar y olvidar generosamente el vil asesinato de su servidor. Les parece más seguro retener de manera permanente a esa mujer indómita y quitarle toda posibilidad de venganza: en cuanto se la deje en libertad, lo perciben, seguirá siendo peligrosa. Y hay otra cosa que no les gusta, y es que Darnley suba una y otra vez a sus aposentos y mantenga allí largas conversaciones privadas con la supuesta enferma. Saben por propia experiencia la leve presión con la que se ablanda a ese mísero débil. Empiezan a manifestar abiertamente la sospecha de que María quiere atraérselo. Advierten de manera expresa a Darnley de que no se crea ni una de sus promesas, le exhortan a mantener su lealtad a ellos, porque de lo contrario —proféticas palabras— ambos tendrán que lamentarlo. Y aunque el embustero les asegura que todo está perdonado y olvidado, no se muestran dispuestos a retirar la guardia de los aposentos de la reina antes de que María Estuardo ponga por escrito la promesa de su impunidad. Igual que para el crimen, estos extraños amigos del derecho quieren también para la absolución un papel escrito, un bond.


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