Maria Estuardo
Maria Estuardo Moray, buen psicólogo, se percata con claridad de la situación. No pueden caber dudas de que deseaba y aprobó el asesinato de Rizzio a fin de interceptar la secreta política católica de María Estuardo, para él ese oscuro intrigante era nocivo para la causa protestante y la escocesa, y además una molesta piedra en el zapato para su propia ansia de poder. Pero ahora que Rizzio ha sido felizmente quitado de en medio, Moray querría arreglar deprisa todo ese turbio asunto, y por eso propone un arreglo: la oprobiosa vigilancia de la reina por los lores rebeldes será levantada de inmediato, y se devolverá a María Estuardo su irrestricta dignidad real. A cambio, ella debe olvidar lo ocurrido y perdonar a los patrióticos asesinos.
María Estuardo, que de acuerdo con su traidor esposo ha preparado ya la fuga hasta en sus últimos detalles, no piensa, naturalmente, perdonar a los asesinos. Pero, para adormecer la vigilancia de los rebeldes, se declara generosa. Cuarenta y ocho horas después del asesinato, todo el incidente parece enterrado junto con el cuerpo desgarrado de Rizzio; se hará como si no hubiera pasado nada. Han matado a un pequeño músico, nada más. Se olvidará a ese muerto de hambre extranjero y volverá a haber paz en Escocia.