Maria Estuardo

Maria Estuardo

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Conforme a su fuerte deseo de venganza, a María Estuardo le gustaría ahora dar ejemplo y mostrar a los nobles eternamente levantiscos que no se conspira impunemente contra ella. Pero la situación ha sido lo bastante peligrosa como para enseñar que en el futuro hay que actuar de forma más circunspecta y más astuta. Moray, su hermanastro, conocía sin duda la conspiración, como demuestra su puntual venida, pero no ha colaborado activamente; María Estuardo se da cuenta de que es más inteligente cuidar a este hombre fuerte. «Para no tener a muchos a la vez en mi contra» prefiere hacer la vista gorda. Porque, si quisiera llevarlos de verdad a juicio, ¿no sería el primero al que habría que acusar Darnley, su propio esposo, él, que guió a los asesinos hasta sus aposentos, que la sujetó durante el crimen? Pero una vez que su reputación ya quedó gravemente dañada por el escándalo con Chastelard, María Estuardo tiene todos los motivos para no dejar que su esposo aparezca como el suspicaz y celoso vengador de su honor. Semper aliquid haeret, calumnia, que algo queda; es preferible falsificar ahora todo el asunto como si él, el principal organizador de todo el daño, no hubiera tenido parte alguna en el asesinato. Sin duda es difícil hacer creíble tal cosa en alguien que ha firmado dos bonds, que ha concluido un contrato en toda regla en el que garantiza de antemano total impunidad a los asesinos, que ha prestado amablemente su propio puñal —se encontró en el cuerpo desgarrado de Rizzio— a uno de los matarifes. Pero las marionetas no tienen voluntad ni honor, y en cuanto María Estuardo tira de los hilos, Darnley baila obediente. Deja que se anuncie solemnemente en la plaza del mercado de Edimburgo, «por su honor y su palabra de príncipe», la mentira más descarada del siglo: que nunca participó en esa «treasonable conspiracy», en esa traidora conspiración, que sería mentira y calumnia acusarle de haber «aconsejado, ordenado, consentido o aprobado» la actuación de los conspiradores, cuando en la ciudad y en todo el país todo el mundo sabe que no sólo la ha «counseled, commanded, consented, assisted», sino incluso «approved» con sello y documentos. Si era posible aún superar la mezquindad que este embustero sin voluntad demostró durante el crimen, con tal declaración lo había logrado; con ese juramento ante el pueblo y el país, en la plaza del mercado de Edimburgo, se ha juzgado a sí mismo. De todos aquellos de los que juró tomar venganza, María no se venga de nadie de forma más terrible que de Darnley, al forzar a aquel al que despreciaba secretamente desde hacía mucho a hacerse despreciable para siempre ante el mundo entero.


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