Maria Estuardo
Maria Estuardo Ahora, un blanquísimo paño de mentiras ha quedado tendido sobre el crimen. De forma ostentosa y triunfal y entre fanfarrias, la pareja real, otra vez maravillosamente unida, entra en Edimburgo. Todo parece tranquilo y calmado. Para mantener un mínimo resplandor de justicia y sin embargo no atemorizar a nadie, se cuelga a unos cuantos pobres diablos, pequeños servidores y soldados ignorantes de todo, que montaban guardia en las puertas por orden de sus jefes de clan mientras éstos clavaban los puñales arriba: los propios señores se marchan impunes. Rizzio obtiene, magro consuelo para un muerto, una tumba decente en el cementerio real, su hermano ocupa su puesto en el séquito de la reina; con eso, todo el trágico episodio ha de quedar perdonado y olvidado.