Maria Estuardo
Maria Estuardo —Lo perdonaré todo —responde la reina—, pero nunca lo olvidaré. Si Fawdonside hubiera apretado el gatillo, ¿qué habrÃa sido de él y de mÃ? Sabe Dios lo que entonces habrÃan hecho contigo.
—Madame —advierte ahora Darnley—, esas cosas quedaron atrás.
—Bien, no hablemos de eso —responde la reina, y con esto termina esta relampagueante conversación, que anuncia peligrosamente una tormenta. Incluso en su hora más baja, MarÃa Estuardo sólo ha dicho a medias la verdad al declarar que no habÃa olvidado pero perdonarÃa; porque ya no habrá paz en este palacio, en este paÃs, mientras la sangre no haya sido expiada con sangre y la violencia vengada con violencia.
Apenas la madre ha quedado liberada, apenas ha nacido el niño, a las doce de la mañana, sir James Melville, siempre el mensajero de más confianza de MarÃa Estuardo, salta a la silla de su caballo. Por la tarde ya ha llegado a la frontera de Escocia, pasa la noche en Berwick, y a la mañana siguiente sigue a galope tendido. El 12 de junio por la tarde —magnÃfica marca deportiva— entra con los caballos cubiertos de espuma en Londres. AllÃ, se entera de que Isabel da un baile en Greenwich; asà que nuevamente, burlándose del cansancio, salta a otro corcel y ¡adelante, a dar la noticia esa misma noche!