Maria Estuardo
Maria Estuardo Normalmente Isabel, como gobernante, es una naturaleza diplomática, maestra del autodominio y experta en el arte de ocultar sus verdaderos sentimientos. Pero esa noticia alcanza a la mujer que hay en ella. Se clava como un puñal en su aspecto humano. Y, como mujer, Isabel es demasiado apasionada como para mantener el control de sus nervios rebeldes. La sorpresa es tal que sus ojos furiosos, sus labios apretados, se olvidan de mentir. Por un instante su expresión se vuelve completamente rÃgida, la sangre desaparece bajo el maquillaje, la mano se aprieta convulsiva. Enseguida ordena callar la música, el baile se detiene de golpe, y la reina abandona apresuradamente la sala de la fiesta, porque siente que no podrá controlar sus nervios por más tiempo. En sus aposentos, rodeada por sus excitadas damas, pierde la compostura. Gimiendo, aplastada por su propio dolor, se deja caer en una silla y solloza: «La reina de Escocia ha dado la vida a un hijo, yo en cambio no soy más que un tronco extinguido».