Maria Estuardo
Maria Estuardo En esa terrible situación espiritual, María Estuardo actúa como suelen actuar la mayoría de las personas al carecer de escapatoria: rehúye la decisión, elude la lucha abierta, sustrayéndose a él. Curiosamente, casi todos los biógrafos califican de incomprensible que María Estuardo no mantuviese un cierto tiempo de descanso después del parto, sino que abandonara el castillo y a su hijo al cabo de cuatro semanas, sin previo aviso, para encaminarse en barco en viaje de placer a Alloa, una finca del conde de Mar. En realidad, nada es más explicable que esta fuga. Porque con esas semanas terminaba el plazo de respeto dentro del cual podía negar su cuerpo sin especial pretexto al no querido esposo; ahora pronto volvería a acercarse, volvería a acosarla cada día, cada noche, y su cuerpo no quiere, su alma no puede soportar a un amante al que ya no ama; por eso, ¡qué más natural que el que María Estuardo huya de su proximidad, que ponga espacio y lejanía entre él y ella, que se haga exteriormente libre para ser interiormente libre! En todas las siguientes semanas y meses, durante todo el verano y hasta entrado el otoño, se salva mediante este peregrinar de castillo en castillo, de cacería en cacería, mediante esta fuga. Y el hecho de que trate de divertirse, de que en Alloa y en todas partes María Estuardo, que aún no tiene veinticuatro años, charle alegremente, que los viejos bailes de disfraces y las extravagantes distracciones sirvan otra vez a la incorregible, como en tiempos de Chastelard y de Rizzio, para pasar el tiempo, no hace sino confirmar la rapidez con la que esta mujer peligrosamente despreocupada olvida las peores experiencias. En una ocasión Darnley hace el tímido intento de reclamar sus derechos conyugales. Cabalga hasta Alloa, pero es despachado en breve y ni siquiera se le invita a pasar la noche en el castillo; interiormente, para María Estuardo está acabado. Como un fuego fatuo se alzó en ella el sentimiento, y como un fuego fatuo se ha esfumado. Un error en el que causa disgusto pensar, un molesto recuerdo que se preferiría borrar… eso es en adelante para ella Henry Darnley, al que su enamorada necedad convirtió en soberano de Escocia y en señor de su cuerpo.