Maria Estuardo
Maria Estuardo La pasión de MarÃa Estuardo por Bothwell está entre las más memorables de la Historia; apenas las clásicas y proverbiales la superan en virulencia y furia. Se alza como una abrupta llama, y llega hasta las purpúreas zonas del éxtasis, hasta las nocturnas oscuridades del crimen. Cuando los estados del alma alcanzan semejante desmesura, serÃa una simpleza medirlos por la lógica y la razón, porque siempre forma parte de la esencia de los instintos indomables que se manifiesten de manera contraria a la razón. A las pasiones, como a las enfermedades, no se las puede acusar ni disculpar: sólo es posible describirlas, con ese asombro siempre renovado con el que se mezcla un leve espanto ante la fuerza primitiva de los elementos, que a veces explota como una tormenta en la Naturaleza y a veces en una persona. Las pasiones de este grado extremo ya no están sometidas a la voluntad de las personas a las que atacan, ya no forman parte, con todas sus manifestaciones y consecuencias, de la esfera de su vida consciente, sino que suceden por asà decirlo por encima de ellas y más allá de su responsabilidad. Pretender una valoración moral de una persona dominada de tal modo por su pasión serÃa tan absurdo como pedir cuentas a una tempestad o formar juicio a un volcán. Asà que durante su estado de esclavitud sensual-espiritual tampoco se puede hacer responsable de su forma de obrar a MarÃa Estuardo, porque su insensata actuación durante este perÃodo está completamente al margen de su forma de vida, normal y más bien moderada; todo lo hacen sus sentidos embriagados sin su voluntad e incluso contra su voluntad. Con los ojos cerrados, con los oÃdos sordos, camina como una sonámbula, atraÃda por un magnético poder que lleva su camino hacia la fatalidad y el crimen. Ningún consejo puede alcanzarla, ningún grito es capaz de despertarla, y sólo cuando la llama interior se haya consumido en su plenitud volverá a despertar, pero quemada y destruida. Quien haya atravesado una brasa asÃ, quemará su vida.