Maria Estuardo
Maria Estuardo Tampoco a Moray, Maitland y los lores se les escapa el entristecimiento de su señora. Pero, mejor adiestrados para la guerra que para la psicologÃa, sólo ven el motivo tosco, exterior, palpable, de la decepción conyugal. «Para ella resulta insoportable —escribe Maitland— que él sea su esposo, y no ve forma de librarse de él.» Pero Du Croc, viejo y experimentado, ha visto mejor cuando hablaba de un «profundo dolor para el que no hay olvido». Otra herida en su alma, interior e invisible, atormenta a esa infeliz mujer. El dolor para el que no hay olvido es que se ha olvidado de sà misma, de su honor, de la ley y la moral, que una pasión la ha asaltado de pronto desde la oscuridad como un animal arrollador y ha desgarrado su cuerpo hasta las vÃsceras, una pasión desmesurada, insaciable, imposible de calmar, que empezó como delito y nada puede solucionar sino más y más delitos. Y ahora lucha, asustada de sà misma, avergonzada de sà misma, ahora se atormenta ocultando ese terrible secreto, y sin embargo siente y sabe que no se puede ocultar ni callar. Ya esa voluntad tiene sobre ella más fuerza que su deseo consciente, ya no se pertenece a sà misma, sino, desvalida y perpleja, a esa pasión abrumadora, a esa pasión insensata.