Maria Estuardo

Maria Estuardo

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En verdad, algo oscuro y pesado como una nube en un día de bochorno, algo agobiante y escalofriante, pende sobre el castillo de Holyrood desde hace unas semanas. Esa noche del bautizo real en el castillo de Stirling, cuando cientos de velas recibían a los huéspedes, cuando se quería mostrar a los extraños el esplendor de la corte y a los amigos amabilidad, María Estuardo, dueña de su voluntad siempre por cortos períodos, ha vuelto a reunir todas sus fuerzas. Ha hecho que sus ojos resplandecieran de fingida alegría, ha hechizado a sus huéspedes con su humor chispeante y su cordialidad que conquista; pero apenas se apagan las luces, se apaga también su fingida alegría, se hace un silencio temible en Holyrood, una curiosa calma en su espíritu; alguna misteriosa preocupación, una impenetrable timidez se apodera de la reina. Una melancolía que suele serle ajena cae de pronto como una turbia sombra sobre su rostro, lo más hondo de su ánimo parece perturbado por algo inexplicable. Ya no baila, ya no pide música, también su salud parece alterada desde aquella cabalgada de Jedburgh en la que la bajaron como muerta del caballo. Se queja de dolores en el costado, se queda días enteros en la cama y evita toda distracción. Pasa poco tiempo en Holyrood, y semanas enteras en apartados alojamientos y en otros castillos, pero en ningún sitio pasa mucho tiempo, una terrible inquietud la mantiene en constante movimiento. Es como si dentro de ella trabajase un elemento destructor, como si escuchara con terrible tensión y curiosidad a eso que se revuelve doloroso dentro de ella… algo nuevo, algo distinto ha comenzado en ella, algo hostil y malvado ha obtenido fuerza sobre su alma antes tan luminosa. En una ocasión, el embajador francés la sorprende tumbada en su cama entre amargos sollozos; ese hombre viejo y experimentado no se deja engañar cuando la reina, avergonzada, empieza a hablarle a toda prisa de dolores en el costado izquierdo que la atormentan hasta hacerla llorar. Se da cuenta enseguida de que está ante penas del alma y no del cuerpo, penas no de la reina, sino de una mujer desdichada. «La reina no se siente bien —comunica a París—, pero creo que la verdadera causa de su enfermedad es un profundo dolor para el que no hay olvido. Repite una y otra vez: “Quisiera morir”.»


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