Maria Estuardo

Maria Estuardo

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Sin embargo, es extraño: Escocia permanece muda, y lo que en esos días extraña al mundo no es la indiferencia de María Estuardo, sino la del país entero. Imagínese: ha sucedido algo espantoso, algo inaudito incluso en los anales de esta Historia escrita con sangre. En su propia capital, el rey de Escocia ha sido asesinado y volado por los aires junto con su casa. Y ¿qué sucede? ¿Tiembla la ciudad de excitación y rabia? ¿Vienen de sus castillos los nobles y barones a defender a la reina, que podría estar también amenazada? ¿Elevan los sacerdotes acusaciones desde sus púlpitos, toma el tribunal sus disposiciones para que se desenmascare a los autores? ¿Se cierran las puertas de la ciudad, se detiene y tortura a centenares de sospechosos? ¿Se cierran las fronteras, se lleva por las calles en triste procesión, seguido por los nobles del reino, el cadáver del asesinado? ¿Se levanta un catafalco en un lugar público, rodeado de velas y de cirios? ¿Se convoca al Parlamento para que escuche y juzgue públicamente el relato de esta espantosa acción? ¿Se congregan los lores, los defensores del trono, para prestar el solemne juramento de perseguir a los asesinos…? Nada de todo esto, nada sucede. Un incomprensible silencio sigue al trueno. La reina se esconde en sus aposentos, en vez de hablar en público. Los lores callan. Ni Moray ni Maitland se mueven, ni uno solo de entre todos los que habían doblado la rodilla ante su rey. No reprueban la acción y no la ensalzan, esperan en peligroso silencio la evolución ulterior de los acontecimientos; se nota que por el momento a todos les resulta incómodo discutir en voz alta el asesinato del rey, porque más o menos todos lo sabían de antemano. Los burgueses a su vez se encierran cautelosos en sus casas y murmuran sus sospechas de boca en boca. Saben que en todas las épocas es poco aconsejable para la gente pequeña mezclarse en los asuntos de los grandes señores, con tales indiscreciones es fácil pagar el pato ajeno. Así que en un primer momento ocurre exactamente lo que los asesinos esperaban: todo el mundo toma el asesinato como un pequeño y enojoso incidente. Tal vez nunca en la Historia de Europa una corte, una nobleza, una ciudad, hayan intentado pasar tan de puntillas y tan cobardemente ante un magnicidio; del modo más llamativo, incluso se omite con toda intención tomar las medidas más primitivas para esclarecer el crimen. No se produce ninguna investigación oficial ni judicial en el lugar del crimen, no se levanta acta alguna, no se emite un informe claro ni se dicta ninguna proclama en la que se detallen las circunstancias del asesinato; la oscuridad se arroja a propósito sobre el hecho. El cadáver no es objeto de un dictamen médico ni oficial, de forma que hasta el día de hoy no se sabe si Darnley fue estrangulado, apuñalado o (se encontró el cadáver desnudo tumbado en el jardín, con el rostro ennegrecido) envenenado antes de que los asesinos volaran la casa con gigantesco gasto de pólvora. Y, para que no se difundan rumores y no haya demasiados que puedan contemplar el cadáver, Bothwell acelera el entierro con indecente apresuramiento. ¡Bajo tierra con Henry Darnley! Hay que despachar a toda prisa todo ese oscuro asunto antes de que la peste alcance el cielo.


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