Maria Estuardo
Maria Estuardo Esta similitud, esta curiosa analogía, ¿es realmente un azar? ¿O no cabe más bien suponer que en la obra de Shakespeare se literaturiza y sublima en cierto modo la tragedia vital de María Estuardo? Las impresiones de la infancia siempre tienen un imborrable poder sobre el alma poética, y el genio transforma misteriosamente los tempranos estímulos en realidad que superan al tiempo; Shakespeare tiene forzosamente que haber tenido conocimiento de los acontecimientos del castillo de Holyrood. Toda su infancia tiene que haber estado llena de los relatos y leyendas de aquella reina romántica, que perdió el reino y la corona por una pasión insensata y que, como castigo, es llevada de un castillo inglés a otro. Probablemente estaba en Londres, un joven, ya casi un hombre y del todo un poeta, cuando las campanas repicaron jubilosas sobre los callejones de la ciudad porque finalmente había caído la cabeza de la gran adversaria de Isabel, y Darnley había arrastrado consigo a su tumba a su desleal esposa. ¿No encontraría luego en la crónica de Holinshed la historia de la sombría reina de Escocia, no actuó inconscientemente, de forma misteriosa, el recuerdo de la trágica mina de María Estuardo en poética química, uniendo un material con otro? Nadie puede afirmar con certeza, ni tampoco negar, que la tragedia de Shakespeare estuviera determinada por la tragedia vital de María Estuardo. Pero sólo quien haya leído y sentido Macbeth podrá entender del todo a María Estuardo en aquellas jornadas de Holyrood, el abismal tormento de un alma fuerte que no estuvo a la altura del más fuerte de sus actos.