Maria Estuardo
Maria Estuardo De su ambición emana toda la fuerza motora que conduce al hecho, lady Macbeth actúa con astucia y decisión mientras el hecho sólo es voluntad, intención y plan, mientras la sangre roja y ardiente aún no ha corrido por sus manos, por su alma. Con palabras igual de halagadoras que las que MarÃa Estuardo empleó para llevar a Darnley a Kirk o’Field, atrae a Duncan al dormitorio donde le espera el puñal. Pero inmediatamente después del hecho es otra, con la energÃa quebrada, el valor destrozado. Como un fuego arde la conciencia en su cuerpo, con mirada petrificada, loca, vaga por los aposentos, estremeciendo a sus amigos, espantándose a sà misma. Una única y loca ambición envenena su cerebro atormentado: la ambición del olvido, una enfermiza nostalgia del dejar de saber, del no tener que pensar en ello, de la ruina. Eso mismo le ocurre a MarÃa Estuardo tras el asesinato de Darnley. De pronto está transformada, cambiada, e incluso sus rasgos muestran tal extrañeza en comparación con su ser anterior que Drury, el espÃa de Isabel, escribe a Londres: «Nunca se ha visto a una mujer cambiar tanto en un tiempo tan breve, sin mediar una grave enfermedad, como a la reina». Ya no recuerda en nada a la mujer alegre, prudente, locuaz, segura de sà misma, que era aún hace algunas semanas. Se encierra en sà misma, se oculta, se esconde. Quizá sigue esperando, como Macbeth y lady Macbeth, que el mundo callará si ella calla, y la ola negra pasará clemente sobre su cabeza. Pero cuando las voces empiezan a preguntar, a apremiar, cuando por las noches, desde las calles de Edimburgo, llegan a sus ventanas los nombres de los asesinos, cuando Lennox, el padre del asesinado, e Isabel, su enemiga, y Beaton, su amigo, cuando el mundo entero exige de ella explicaciones, respuestas y sentencias, se sume poco a poco en la confusión. Sabe que tendrÃa que hacer algo para ocultar el hecho, para disculparlo. Pero le falta fuerza para dar una respuesta convincente, para decir una palabra inteligente y engañosa. Como a través de un sueño hipnótico, oye las voces de Londres, de ParÃs, de Madrid, de Roma, que le hablan, le amonestan y le advierten, y no puede salir de su rigidez espiritual, oye todos esos gritos como un enterrado vivo los pasos sobre la tierra, indefensa, impotente y desesperada. Sabe que ahora tendrÃa que jugar a ser la viuda enlutada, la esposa desesperada, sollozar y lamentarse en voz alta para que creyeran en su inocencia. Pero tiene la garganta seca, ya no puede hablar, no puede disfrazarse por más tiempo. Y asà pasan semanas y semanas, hasta que ya no puede soportarlo. Igual que una fiera acechada por todas partes se revuelve contra sus perseguidores con el valor del miedo más extremo, igual que Macbeth, para protegerse, acumula nuevos crÃmenes sobre el crimen que clama venganza, asà MarÃa Estuardo sale al fin de ese estupor que ya no puede soportar. Se le ha vuelto del todo indiferente lo que el mundo piense de ella, si es inteligente o insensato lo que emprenda. Tan sólo quiere acabar con esa inmovilidad, hacer algo, seguir, seguir más y más rápido para huir de las voces, las que advierten y las que amenazan. Tan sólo adelante, adelante, no detenerse y no reflexionar, porque entonces tendrÃa que advertir que ya no hay astucia que pueda salvarla. Uno de los secretos del alma es que durante breve tiempo la velocidad aturde el miedo, e igual que un cochero que siente crujir y astillarse un puente bajo el coche fustiga a los caballos, porque sabe que sólo la huida hacia delante puede salvarle, asà MarÃa Estuardo espolea desesperada el caballo negro de su destino para atropellar cualquier reparo, para pisotear cualquier objeción. ¡Tan sólo dejar de pensar, dejar de saber, dejar de ver, dejar de oÃr, tan sólo avanzar y avanzar hacia la locura! ¡Mejor un fin con horror que un horror sin fin! Ley eterna: una piedra cae cada vez más rápida cuanto más se acerca al abismo, y asà un alma actúa también de forma cada vez más apresurada e insensata cuando ya no conoce escapatoria.