Maria Estuardo
Maria Estuardo Todo lo que María Estuardo hace en esas semanas que siguen al crimen no se puede explicar con una razón clara, sino únicamente a partir de la perturbación de un miedo desmedido. Porque incluso en medio de su locura tendría que decirse que ha destruido y derrochado para siempre su honor, que toda Escocia, toda Europa, tienen que considerar una provocación sin precedentes contra el derecho y la moral una boda pocas semanas después del crimen, y precisamente con el asesino de su esposo. Quizá después de un año, de dos años de secreta contención, el mundo habría olvidado tal relación; con una inteligente preparación diplomática, se podrían hallar toda clase de razones para elegir por esposo precisamente a Bothwell. Sólo una cosa puede y tiene que precipitar a la perdición a María Estuardo, y es, sin guardar el luto, con tan provocativa prisa, ceñir la corona del asesinado en las sienes del asesino. Y precisamente eso, precisamente lo más enloquecido, es lo que María Estuardo quiere hacer ahora, con el más llamativo apresuramiento.