Maria Estuardo

Maria Estuardo

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Sólo hay una explicación para tan inexplicable conducta de una mujer normalmente inteligente y pasablemente prudente: María Estuardo está sometida a presión. Está claro que no puede esperar porque algo no la deja esperar, porque la espera y el titubeo tendrá que revelar imparablemente un secreto que por el momento nadie conoce aún. Y no se puede hallar ninguna otra explicación para su loca carrera hacia el matrimonio con Bothwell —y los acontecimientos confirmarán esta sospecha— que el que esta desdichada mujer se sepa embarazada ya entonces. Pero no es un hijo póstumo del rey Henry Darnley el que siente en su seno, sino el fruto de una pasión prohibida, criminal. Una reina de Escocia no puede traer al mundo a un hijo ilegítimo, y menos aún en circunstancias que escriban en todas las paredes, con ígneos colores, la sospecha de su culpa o complicidad. Entonces se pondría irrefutablemente de manifiesto cuán placentero ha sido el luto con su amante, y hasta el peor matemático podría contar en meses si María Estuardo —¡vergonzoso lo uno y vergonzoso lo otro!— ha tenido trato con Bothwell antes ya del asesinato de Darnley o poco después de él. Sólo una rápida legitimación mediante el matrimonio puede salvar el honor del niño y a medias el suyo. Porque si cuando el niño venga al mundo es ya la esposa de Bothwell se podrá disculpar la anticipación, y siempre habrá alguien dispuesto a dar su nombre al niño y defender su derecho. Por eso cada mes, cada semana que se retrasa la boda con Bothwell es tiempo insalvablemente perdido. Y quizá —terrible elección— la monstruosidad de tomar por esposo al asesino de su propio marido le parezca menos oprobioso que confesar su delito al mundo con un niño sin padre. Sólo si se asume como probable esta elemental coacción de la Naturaleza se vuelve comprensible lo antinatural de la conducta de María Estuardo en esas semanas; todas las demás interpretaciones son artificiales y oscurecen la imagen espiritual. Sólo si se comprende ese miedo —un miedo que millones de mujeres de todos los tiempos han vivido, y que ha impulsado incluso a las más puras y audaces a actos insensatos y criminales—, sólo si se comprende ese torturante temor a que se descubran sus relaciones debido a un inoportuno embarazo, puede entenderse la prisa de su alma trastornada. Sólo eso, y eso sólo, da un cierto sentido a la locura de su apresuramiento, y permite al tiempo una mirada trágica a la profundidad de su angustia interior.


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