Maria Estuardo
Maria Estuardo El 21 de abril, pocos días después de la forzada absolución por el tribunal y de la «recompensa» otorgada a Bothwell en el Parlamento, el 21 de abril, apenas dos días después de que Bothwell arrancara en Ainslies Tavern el consentimiento de la mayoría de los lores a su boda, y exactamente nueve años después de haberse desposado, siendo aún medio niña, con el Delfín de Francia, María Estuardo, hasta ahora una madre poco preocupada, siente la apremiante necesidad de visitar a su hijo pequeño en Stirling. La recibe, con desconfianza, el conde Mar, a cuya custodia ha sido entregado el príncipe heredero, porque probablemente se hayan filtrado ya toda clase de rumores. Sólo en compañía de otras mujeres se permite a María Estuardo ver a su hijo, porque los lores temen que pueda apoderarse del niño y entregárselo a Bothwell; para todos es ya evidente que esta mujer obedece con total sumisión cualquier orden del tirano de su espíritu, así sea la más criminal de las órdenes. Acompañada por unos pocos jinetes, entre ellos Huntly y Maitland, que sin duda están involucrados en el plan, la reina regresa. Entonces, a seis millas de la ciudad, se les acerca de pronto una fuerte tropa de jinetes, con Bothwell a la cabeza, y «asaltan» a la comitiva de la reina. Naturalmente no se produce lucha, porque «para evitar derramamiento de sangre» María Estuardo prohíbe a sus fieles oponer resistencia. Basta con que Bothwell coja las riendas de su caballo para que se dé «presa» de buen grado y se deje llevar, en dulce y sensual prisión, al castillo de Dunbar. Un capitán demasiado celoso de su deber, que quiere traer refuerzos y liberar a la «prisionera», es disuadido a toda prisa, y el resto de los asaltados, Huntly y Maitland, son liberados del modo más amable. A nadie debe hacérsele el menor daño, sólo ella tiene que quedar en «prisión» del amado violentador. Durante más de una semana, la «violada» comparte el lecho del escarnecedor de su honor, mientras al mismo tiempo en Edimburgo, con prisa volandera y fuertes sobornos, se impulsa ante los tribunales eclesiásticos el divorcio de Bothwell de su legítima esposa, entre los protestantes con el miserable pretexto de que él ha cometido adulterio con una criada, entre los católicos con el tardío descubrimiento de que está emparentada en cuarto grado con su mujer, Jane Gordon. Por fin se concluye también ese oscuro trato. Ahora puede anunciarse al mundo que Bothwell ha atacado como un salteador de caminos a la desprevenida reina y la ha manchado con su ansia furiosa: sólo el matrimonio con el hombre que la ha poseído contra su voluntad puede restablecer el honor de la reina de Escocia.