Maria Estuardo
Maria Estuardo Una vez que los lores no pueden obligar con amenazas a la reina a abandonar a Bothwell, el más inteligente de entre ellos lo intenta con astucia. Maitland, su viejo y normalmente incluso fiel consejero, emplea métodos más refinados. Trata de excitar su orgullo, sus celos, le informa —quizá sea mentira, quizá verdad, ¿quién sabe con un diplomático?— de que Bothwell la ha engañado en su amor, e incluso durante la semana de sus esponsales ha mantenido el tierno trato con su joven esposa divorciada, incluso le ha jurado que la considera su única mujer legÃtima, y a la reina tan sólo como concubina. Pero MarÃa Estuardo ha aprendido a no creer a ninguno de estos embusteros. La noticia no hace más que aumentar su amargura, y asà Edimburgo asiste al espantoso espectáculo de que la reina de Escocia aparezca de pronto tras de las rejas de las ventanas, con el vestido desgarrado, el pecho desnudo y el cabello suelto como una loca, y grite entre sollozos histéricos al pueblo, conmocionado en medio de su odio, que la libere, que sus propios súbditos la tienen presa.