Maria Estuardo

Maria Estuardo

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Poco a poco la situación se vuelve insostenible. A los lores les gustaría encauzarla, pero sienten que han ido demasiado lejos como para poder retroceder. Ya no es posible llevar a Holyrood como reina a María Estuardo. En casa del preboste, en medio de la excitada multitud, tampoco se la puede dejar sin asumir una terrible responsabilidad y desafiar la ira de Isabel y todos los soberanos extranjeros. El único que tendría el valor, la autoridad, para tomar una decisión, Moray, no está en el país; sin él, los lores no se atreven a resolver nada. Así que acuerdan empezar por llevar a la reina a un lugar seguro, y se elige como el más seguro el castillo de Lochleven, porque este castillo está en medio de un lago, cortado de toda comunicación con tierra firme, y su señora es Marguerite Douglas, la madre de Moray, de la que cabe esperar que no esté demasiado bien dispuesta hacia la hija de María de Guisa, que hizo a su Jacobo V renegar de ella. Cuidadosamente, en la proclama de los lores se evita la peligrosa palabra «prisión»; según se declara, el encierro tan sólo pretende servir para que «la persona de Su Majestad quede apartada de todo contacto con el llamado conde Bothwell, y no se entienda con personas que quieren protegerle contra el justo castigo de su crimen». Es una medida a medias, una medida provisional, engendrada por el miedo y nacida de la mala conciencia: todavía la revuelta no se atreve a llamarse rebelión, todavía se echa toda la culpa al fugitivo Bothwell y se oculta cobardemente bajo fórmulas y frases hechas la secreta intención de echar para siempre del trono a María Estuardo. Para engañar al pueblo, que ya espera el juicio y ejecución de la «whore», María Estuardo es llevada a Holyrood en la noche del 17 de junio, con una guardia de trescientos hombres. Pero apenas los ciudadanos se han ido a la cama se forma una pequeña caravana para llevar a la reina a Lochleven, y la solitaria y triste cabalgata dura hasta el amanecer. Por la mañana temprano, María Estuardo ve ante sí el pequeño y reluciente lago y en medio el castillo, fuertemente fortificado, solitario, inaccesible, que —¿quién sabe por cuánto tiempo?— ha de custodiarla. La llevan hasta él en un bote de remos, y las puertas con herrajes se cierran con dureza. La apasionada y sombría balada de Darnley y Bothwell toca a su fin; ahora empieza la sombría y melancólica extinción de la música, la crónica de una eterna prisión.


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