Maria Estuardo

Maria Estuardo

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Durante una noche, el jefe de la banda, el conde de Morton, guarda en su poder la arqueta cerrada; al día siguiente se convoca a los otros lores, entre otros también —el hecho es importante— católicos y amigos de María Estuardo, y en su presencia se fuerza la arqueta. Contiene las famosas cartas y los sonetos de puño y letra de la reina. Y, sin volver a discutir la cuestión de si los textos impresos coinciden por entero con los originales, enseguida se aprecia que el contenido de esas cartas tiene que ser seriamente inculpatorio para María Estuardo. Porque desde ese momento la actitud de los lores es distinta: más osada, más segura, más rígida. En el primer júbilo, lanzan la noticia a los cuatro vientos; ese mismo día, antes de haber tenido tiempo de copiar los documentos —y no digamos de falsificarlos—, envían un mensajero a Moray, a Francia, para comunicarle verbalmente el contenido aproximado de la principal carta inculpatoria. Informan al embajador francés, interrogan bajo tortura al criado prisionero de Bothwell y levantan acta: una actitud tan segura de la victoria, tan decidida, sería inimaginable si los papeles no hubieran probado de forma convincente desde el punto de vista procesal la peligrosa implicación de María Estuardo y Bothwell. De golpe, la situación se ha ensombrecido peligrosamente para la reina.



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