Maria Estuardo
Maria Estuardo Pero a pesar de todo los lores no tendrÃan el valor de oponer resistencia abierta a su pagadora, Isabel, si el azar no pusiera en sus manos un arma inesperada, un arma en verdad asesina contra MarÃa Estuardo. Seis dÃas después de la batalla de Carberry Hill, gracias a una vil traición, les llega una noticia muy bienvenida. James Balfour, el compinche de Bothwell en el asesinato de Darnley, que ahora que el viento ha cambiado se siente incómodo, sólo ve una posibilidad de salvarse: por medio de una nueva trapacerÃa. Para asegurarse la amistad de los que tienen el poder, traiciona a su proscrito amigo. En secreto, hace llegar a los lores la importante noticia de que el fugitivo Bothwell ha enviado a Edimburgo a uno de sus criados con el encargo de sacar del castillo sin llamar la atención una arqueta que contiene importantes documentos. Enseguida el criado, llamado Dalgleish, es atrapado, sometido a tortura, y en medio de su pánico el atormentado indica el escondite. Conforme a sus indicaciones, se descubre escondida debajo de una cama una valiosa arqueta de plata, que en su dÃa Francisco II regaló a su esposa MarÃa Estuardo y que ella a su vez le ha dado, como todo lo que poseÃa, al inconmensurablemente amado, a Bothwell. En ese firme cofre, que se abre tan sólo con unas ingeniosas llaves, Bothwell suele guardar desde entonces sus documentos privados, probablemente la promesa de matrimonio, las cartas de la reina, pero también toda clase de documentos que comprometen a los lores. Probablemente —nada más comprensible— le resultase demasiado peligroso llevar consigo escritos de tal importancia en la fuga hacia Borthwick y a la batalla. Asà que habÃa preferido esconderlos en un lugar seguro en palacio, para hacer que en un momento dado se los llevara un criado de confianza. Porque tanto el bond con los lores como la promesa de matrimonio de la reina y sus cartas confidenciales podrÃan servirle bien, en momentos difÃciles, para la extorsión o la justificación: con tales confesiones escritas tenÃa por una parte a la reina en sus manos, si mostrara la voluble inclinación a librarse de él, y por otra a los lores, si quisieran acusarle del crimen. Por eso, apenas a salvo, lo más importante para el proscrito tenÃa que ser volver a apoderarse de esas evidentes pruebas de convicción. Ésa es la razón de que precisamente en este momento tan insospechada presa sea una suerte sin parangón para los lores: ahora pueden eliminar sin que nadie lo impida todos los escritos que les implican, por una parte, y emplear sin reparos contra la reina todo lo que la inculpa, por otra.