Maria Estuardo

Maria Estuardo

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Acusarla y no acusarla. Porque los lores saben muy bien que Isabel nunca les concedería jurisdicción sobre su reina. Así que se mantienen cautelosos en segundo plano y prefieren que terceros instrumenten la exigencia de un proceso público. De esa tarea de excitar a la opinión pública contra María Estuardo se encarga gustoso por ellos, con sincera y dura alegría y odio, John Knox. Tras el asesinato de Rizzio, el fanático agitador se había ido, prudente, del país. Pero ahora que todas sus sombrías profecías sobre la «sangrienta Jezabel» y la desgracia que su frivolidad causaría se han cumplido y superado de forma asombrosa, regresa a Edimburgo revestido con el manto del profeta. Ahora se plantea desde el púlpito, en voz alta y clara, la exigencia de un proceso contra la pecaminosa papista, el sacerdote bíblico exige que se juzgue a la reina adúltera. De domingo a domingo, los predicadores reformados adoptan tonos cada vez más ásperos. Igual de imperdonable, gritan desde los púlpitos a la entusiasmada multitud, es el adulterio y el crimen cometido por una reina que por la mujer más insignificante del país. Exigen con claridad la ejecución de María Estuardo, y esa constante provocación no carece de efecto. Pronto el odio desciende de la iglesia a la calle. Excitado por la idea de ver conducida al patíbulo, en las ropas de un pobre pecador, a una mujer a la que ha mirado con miedo durante tanto tiempo, el populacho, al que hasta ahora en Escocia nunca se había dado voz ni voto, exige un proceso público, y con especial celo braman las mujeres contra la reina. «The women were most furious and impudent against her, yet the men were bad enough». Porque cada pobre mujer de Escocia sabe que su destino habría sido la picota y la hoguera si se hubiera entregado a un placer adúltero con la misma audacia… ¿es que va esta mujer, por ser reina, a fornicar y asesinar y escapar impune del fuego? Cada vez más furioso ruge el grito «¡Quemad a la puta!» —«Burn the whore!»— por todo el país. Y, lleno de sincero temor, el embajador inglés informa a Londres: «Es de temer que esta tragedia termine en la persona de la reina como empezó con David el italiano y el esposo de la reina».


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