Maria Estuardo

Maria Estuardo

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Hay que calificar a esta prisión romántica de suave castigo por tantas necedades, sobre todo si se lo compara con el de su cómplice y amante. Porque ¡de qué distinto modo se ceba el destino en Bothwell! A pesar de la promesa dada, el proscrito es perseguido por mar y tierra por la jauría, se ofrecen mil coronas escocesas por su cabeza, y Bothwell sabe que hasta el mejor de sus amigos de Escocia le traicionaría y vendería por ellas. Pero no es fácil atrapar a este hombre audaz: primero intenta reunir a sus borderers para una última resistencia, luego huye a las islas de Orkney para desatar desde allí la guerra contra los lores. Pero Moray le persigue con cuatro barcos hasta las islas, y sólo a duras penas el perseguido escapa a mar abierto en un barco que es una lamentable cáscara de nuez. Allí, le alcanza una tempestad. Con las velas destrozadas, esa barcaza pensada tan sólo para la navegación de cabotaje deriva hacia Noruega, donde finalmente es capturada por un barco de guerra danés. Bothwell trata de disfrazarse para escapar a la extradición. Toma prestado un traje de marino a la tripulación, prefiere pasar por pirata antes que por el buscado rey de Escocia. Pero al fin es reconocido, llevado de un sitio a otro, puesto en libertad por un tiempo en Dinamarca, y ya parece felizmente salvado. Entonces, una insospechada Némesis alcanza al ardoroso raptor de mujeres; su situación empeora cuando una mujer danesa a la que, en su momento, sedujo bajo promesa de matrimonio, presenta una demanda contra él. Entretanto también se han sabido detalles en Copenhague respecto a la clase de crimen de que se le acusa, y desde ese momento el hacha pende siempre sobre su cabeza. Los correos diplomáticos van de un lado a otro, Moray exige su extradición, y aún lo hace más tempestuosamente Isabel, para tener un testigo de cargo contra María Estuardo. Sin embargo, en secreto los parientes franceses de María Estuardo se encargan de que el rey de Dinamarca no extradite a ese peligroso testigo. La prisión que se le aplica es cada vez más severa, y sin embargo la cárcel es su única protección contra la venganza. Todos los días, este hombre que en la batalla se hubiera enfrentado, audaz y temerario, a cien enemigos, teme ser cargado de cadenas y ejecutado por regicida entre todos los tormentos imaginables. Cambia sin cesar de cárcel, encerrado en lugares cada vez más angostos, mantenido de forma cada vez más severa tras de rejas y muros como un animal peligroso; pronto sabe que sólo la muerte lo liberará. En terrible soledad e inacción, este hombre fuerte y pletórico, el terror de sus enemigos, el favorito de las mujeres, pasa semanas y semanas, meses y meses, años y años, y este gigantesco trozo de vida se pudre y perece en carne mortal. Para este hombre indomable, que sólo se siente pleno en la desmesura de la fuerza, en la libertad ilimitada, que ha corrido por los campos para cazar, cabalgado al combate con sus leales, tomado a las mujeres en todos los países y disfrutado de los bienes del espíritu, esta espantosa e inactiva soledad entre frías, mudas y oscuras paredes, esta vaciedad del tiempo que asfixia su plenitud vital es peor que la tortura, peor que la muerte. Los informes cuentan —y cabe calificarlos de creíbles— que se lanzaba furioso contra los barrotes de hierro, y pereció miserablemente hundido en la locura. De todos los muchos que sufrieron el martirio y la muerte por María Estuardo, este hombre, aquel al que más amó, fue el que pagó un precio más terrible y durante más tiempo.


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