Maria Estuardo

Maria Estuardo

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Al cabo de una semana, María Estuardo ha reunido un ejército de seis mil hombres. Una vez más las nubes parecen ir a despejar, por un instante vuelve a tener una estrella favorable sobre su cabeza. No sólo han venido los Huntly, los Seton, los viejos compañeros, no sólo se ha puesto a su servicio el clan de los Hamilton, sino, asombrosamente, también la mayoría de la nobleza escocesa, ocho condes, nueve obispos, dieciocho lores y más de cien barones. Asombrosamente y sin embargo no asombrosamente, porque en Escocia nunca se puede ser verdadero señor sin que la nobleza se subleve. La dureza de Moray ha vuelto levantiscos a los lores: prefieren una reina humilde, aunque sea cien veces culpable, a ese estricto regente. También el extranjero confirma enseguida en su posición a la reina liberada. El embajador francés visita a María Estuardo para rendirle homenaje como legítima soberana. Isabel envía un embajador especial al recibir la «alegre noticia de vuestra huida». Su posición se ha fortalecido y tiene muchas más expectativas un año después de su apresamiento, las tomas se han vuelto de manera fantástica. Pero, como si una sombría intuición la moviera, María Estuardo, normalmente tan valerosa y dispuesta a la lucha, trata de evitar que las armas decidan, preferiría una reconciliación tranquila con su hermano; un pequeño y tenue resplandor de realeza, si él se lo concediera, y esta mujer duramente probada le dejaría el poder. Algo de la energía —los próximos días lo demostrarán— que vivía en ella mientras la férrea voluntad de Bothwell la forjaba parece rota, y después de todas las preocupaciones, angustias y tormentos, después de todas las furiosas enemistades, sólo anhela una cosa: libertad, paz y descanso. Pero Moray ya no piensa compartir el poder. Su ambición y la ambición de María Estuardo son hijas del mismo padre, y hay buenos ayudantes que contribuyen a su decisión. Mientras Isabel envía sus felicitaciones a María Estuardo, Cecil, el canciller inglés, le apremia por su parte de manera enérgica a terminar definitivamente con María Estuardo y el partido católico en Escocia. Y Moray no lo duda: sabe que mientras esa mujer inflexible esté en libertad no habrá paz en Escocia. Le apetece ajustar cuentas para siempre con los levantiscos lores escoceses y dar ejemplo. Con su energía habitual, reúne de la noche a la mañana un ejército, inferior en número al de María Estuardo, pero mejor dirigido y disciplinado. Sin esperar refuerzos, parte desde Glasgow y el 13 de mayo, en Langside, se produce el definitivo ajuste de cuentas entre la reina y el regente, entre hermano y hermana, entre Estuardo y Estuardo.


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