Maria Estuardo
Maria Estuardo María Estuardo ha visto el combate desde una elevación; en cuanto observa que todo está perdido, baja corriendo la colina, salta a caballo y escapa acompañada de unos pocos jinetes. Ya no piensa en resistir, un pánico terrible se ha adueñado de ella. Sin descansar, en una loca cabalgada por pastos y ciénagas, por bosques y campos, huye durante todo el primer día, animada por el único pensamiento de salvarse. «He sufrido —escribirá después al cardenal de Lorena— insultos, calumnias, prisión, hambre, frío, calor, he huido sin saber adónde, noventa y dos millas a través del país, sin comer ni descansar. He tenido que dormir sobre la tierra pelada, beber leche agria y comer porridge sin pan. Durante tres noches he vivido en el campo como un búho, sin una mujer que me ayudara.» Y así, en la imagen de esos últimos días, como audaz amazona, como figura heroica y romántica, ha quedado en la memoria de su pueblo. Hoy, han quedado olvidadas en Escocia sus debilidades y tonterías, disculpados y perdonados los delitos de su pasión. Solamente ha quedado una imagen, la de la dulce prisionera en el castillo solitario, y luego esta otra de la audaz jinete que, para salvar su libertad, recorre la noche a lomos de un caballo que echa espumarajos y prefiere mil veces la muerte a entregarse, temerosa y cobarde, a sus enemigos. Tres veces ya ha huido así en medio de la noche, la primera con Darnley de Holyrood, la segunda, vestida de hombre, de Borthwick Castle al encuentro de Bothwell, la tercera con Douglas del castillo de Lochleven. Tres veces ha salvado, con tan rigurosa y audaz cabalgata, la libertad y la corona. Ahora ya no salva más que la pura vida.