Maria Estuardo

Maria Estuardo

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Al tercer día de la batalla de Langside, María Estuardo alcanza la abadía de Dundrennan, en las cercanías del mar. Aquí termina su reino. La han perseguido hasta el límite de sus territorios como a una pieza de caza fugitiva. Para la reina de ayer ya no hay ningún lugar seguro en Escocia, no hay vuelta atrás; en Edimburgo espera intransigente John Knox, y una vez más el escarnio del populacho, una vez más el odio de los clérigos y quizá la picota y la hoguera. Su último ejército ha sido derrotado; su última esperanza, destruida. Ahora, ha llegado la hora difícil de la elección. A su espalda está el país perdido, al que ningún camino de vuelta conduce, ante ella el mar infinito, que lleva a todos los países. Puede pasar a Francia, puede pasar a Inglaterra, puede pasar a España. En Francia se ha criado, allí tiene amigos y parientes, allí viven aún muchos que la quieren, y poetas que le han cantado, los nobles que la han acompañado; ya en una ocasión ese país la acogió hospitalaria y la coronó con fasto y esplendor. Pero precisamente porque allí ha sido reina, adornada con todo el esplendor de este mundo, elevada como la suprema sobre los más altos del reino, no quiere regresar como mendiga, como suplicante, con las ropas rasgadas y el honor manchado. No quiere ver la sonrisa burlona de la odiosa italiana Catalina de Médici, no quiere aceptar limosna alguna o dejarse encerrar en un monasterio. También la huida junto al gélido Felipe de España sería una humillación: jamás perdonaría esa corte beata que hubiera dado su mano a Bothwell ante un sacerdote protestante, que hubiera recibido la bendición de un hereje. Así que, en realidad, solamente le queda una elección, que ya no es elección, sino coacción: pasar a Inglaterra. ¿Acaso no le ha dicho Isabel, precisamente en los días más desesperados de la prisión, que «podía contar en todo momento con la reina de Inglaterra como con una amiga segura»? ¿No le ha prometido solemnemente reinstaurarla en el trono? ¿No le ha enviado un anillo como signo de que debe servirse de él en cualquier momento para apelar a su sentimiento fraternal?


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