Maria Estuardo

Maria Estuardo

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Ante las palabras «proceso», «investigación», «arbitraje», la orgullosa María Estuardo se revuelve como tocada por un hierro al rojo. «No tengo más juez que Dios —solloza en lágrimas de ira—, nadie puede juzgarme. Sé quién soy, y conozco los derechos de mi rango. Es cierto que por mi propia voluntad, y por la entera confianza que tengo en la reina, mi hermana, he propuesto hacerla juez de mi causa. Pero ¿cómo puedo hacerlo si no permite que acuda ante ella?» Amenazante, anuncia (¡qué ciertas fueron sus palabras!) que Isabel no obtendrá beneficio alguno de retenerla en su país. Y luego toma la pluma: «Hola, madame —responde excitada—, ¿dónde habéis oído nunca que pueda censurarse a un príncipe cuando ha oído personalmente las quejas de aquellos que reclamaban haber sido injustamente acusados…? Olvidad, madame, la idea de que he venido hasta aquí para salvar mi vida. Ni el mundo ni Escocia entera me han negado, sino que he venido a recuperar mi honor y encontrar apoyo para castigar a mis falsos acusadores, pero no a responderles como a iguales. Os he elegido entre todos los príncipes, como mi pariente más cercano y “perfaicte Amye”, para poder acusarlos a ellos ante vos, porque creía que consideraríais un honor ser llamada a restablecer el honor de una reina». No ha escapado de su prisión para ser mantenida aquí «quasi en un autre». Finalmente, exige impetuosa precisamente aquello que todo el mundo siempre exigirá en vano de Isabel, es decir, una conducta clara, o ayuda o libertad. Ante Isabel no tiene inconveniente, «de bonne voglia», en justificarse, pero no en forma de un proceso contra sus súbditos, salvo que la lleven a él con las manos atadas. Con plena conciencia de su gracia divina, se niega a ser puesta a la misma altura que sus súbditos: prefiere morir.


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