Maria Estuardo
Maria Estuardo Nada es más difÃcil de describir que el vacÃo, nada más complicado de ilustrar que la monotonÃa. La prisión de MarÃa Estuardo es uno de esos no aconteceres, una noche yerma y sin estrellas. Con la sentencia, se rompe definitivamente el gran ritmo, el ritmo ardiente de su vida. Los años pasan como las olas pasan en el mar, ora más excitados, ora nuevamente laxos y calmados; pero jamás volverá a agitarse su fondo más profundo, la solitaria no volverá a vivir ni la dicha completa ni el tormento. Su destino, antaño tan apasionado, languidece carente de acontecimientos y por eso doblemente insatisfactorio, a un trote cansado y mortecino llegan y pasan los veintiocho, los veintinueve, los treinta años de esta mujer joven y sedienta de vida. Luego empieza otra década, igual de vacÃa y tibia: los treinta y uno, los treinta y dos, los treinta y tres, los treinta y cuatro, los treinta y cinco, los treinta y seis, los treinta y siete, los treinta y ocho, los treinta y nueve… ya tan sólo escribir las cifras sucesivas cansa. Pero hay que mencionarlas, una a una, para poder intuir la duración, la desmoralizadora y agotadora duración de esa agonÃa del alma, porque cada uno de esos años tiene cientos de dÃas, y cada dÃa demasiadas horas, y ni una de ellas está realmente viva y alegre. Luego llegan los cuarenta años, y ya no es una mujer joven la que vive ese punto de inflexión, sino una mujer cansada y enferma; lentamente se arrastran los cuarenta y uno, los cuarenta y dos y los cuarenta y tres, y al fin la Muerte tiene más piedad que los hombres y saca de su prisión a ese alma cansada. Hay cosas que cambian en esos años, pero siempre son pequeñas e indiferentes. A veces MarÃa Estuardo está sana, a veces enferma, a veces tiene esperanzas y cien veces decepciones, ora la tratan con algo más de dureza, ora con algo más de cortesÃa, ora escribe a Isabel cartas furiosas, luego otra vez tiernas, pero en el fondo todo es lo mismo, correcto e irritante, el mismo rosario gastado de horas incoloras que se escurren vacÃas por entre sus dedos. Exteriormente cambian las cárceles, ora retienen a la reina en el castillo de Bolton, ora en los de Chatsworth y Sheffield y Tutbury y Wingfield y Fotheringhay, pero sólo los nombres y las piedras y las paredes cambian, en realidad todos esos castillos son uno y el mismo, porque todos encierran la libertad. Con perversa obstinación, las estrellas, el Sol y la Luna giran describiendo grandes trazos en tomo a ese estrecho cÃrculo, pasan el dÃa y la noche y el mes y el año; los reinos mueren y se renuevan, los reyes vienen y sucumben, las mujeres maduran, paren y se marchitan, detrás de las costas y de las montañas el mundo cambia incesantemente. Sólo esta vida sigue siempre en sombras; cortada de la raÃz y de las ramas, ni da flores ni fruto. Lentamente, consumida por el veneno de la nostalgia impotente, se marchita la juventud de MarÃa Estuardo, se le va la vida.