Maria Estuardo
Maria Estuardo Lo más cruel de esta interminable prisión fue, paradójicamente, que en sus signos externos jamás fue cruel. Porque una mente orgullosa puede defenderse contra el tosco acto de violencia, la humillación inflama la indignación, el alma se crece en la furiosa resistencia. Tan sólo al vacÃo sucumbe impotente mientras se agota; la celda acolchada contra cuyas paredes no se puede golpear con los puños siempre es más difÃcil de soportar que la más dura de las mazmorras. Ningún látigo, ningún insulto arde tan profundamente en un corazón elevado como la violación de la libertad hecha entre reverencias y devotos tÃtulos de Alteza, ningún escarnio humilla de forma más terrible que el de la cortesÃa formal. Pero precisamente esa falsa consideración que no es para el ser humano que sufre, sino para su rango, se le rinde tercamente a MarÃa Estuardo, siempre esa respetuosa vigilancia, ese oculto acecho, la guardia de honor de la honourable custody que, con el sombrero en la mano y la mirada baja y servil, se pega a sus talones. En todos estos años nunca se olvidará un minuto que MarÃa Estuardo es reina, se le conceden todas las comodidades carentes de valor, todas las pequeñas libertades, todo menos una cosa, la más sagrada, la más importante de la vida: la libertad. Isabel, preocupada por su prestigio de soberana humanitaria, es lo bastante inteligente como para no tratar de forma vengativa a su rival. ¡Oh, ella cuida de su buena hermana! Cuando MarÃa Estuardo está enferma enseguida llegan de Londres temerosas peticiones de noticias, Isabel ofrece su propio médico, desea expresamente que las comidas sean preparadas por la servidumbre personal de MarÃa Estuardo. No, no hay que permitir que se murmure de forma vil que trata de eliminar a su incómoda rival mediante el veneno, no debe oÃrse la queja de que encierra a una reina ungida en una prisión: ¡tan sólo ha ofrecido con insistencia, con irresistible insistencia a su hermana escocesa habitar de forma permanente en sus hermosas posesiones inglesas! Cierto, para Isabel serÃa más cómodo y más seguro encerrar a esa inflexible en la Torre, en vez de mantener su costosa corte en castillos. Pero, más mundana que sus ministros, que insisten sin cesar en que se tomen burdas medidas de seguridad, Isabel evita la hostilidad. Insiste en que ha de mantenerse a MarÃa Estuardo como a una reina, pero sujeta y atada a una cola de respeto, con cadenas de oro. Con harto dolor de su corazón, esta mujer ahorrativa domina en este único caso incluso su codicia presupuestaria, permite, entre gemidos y maldiciones, que su indeseada hospitalidad le cueste cincuenta y dos libras a la semana durante todos esos veinte años. Y como además MarÃa Estuardo percibe de Francia la considerable pensión de mil doscientas libras al año, en verdad no tiene por qué pasar hambre. Puede residir como una princesa en esos castillos. No se le niega el derecho a poner en su sala de recepciones el baldaquino real, puede mostrar de manera visible a cualquier visitante que allà vive, aunque presa, una reina. Come exclusivamente con cubiertos de plata, las habitaciones están iluminadas con caros cirios puestos en candelabros de plata, las tablas del suelo están cubiertas de alfombras turcas, que entonces eran de un lujo extremo: su ajuar es tan abundante que cada vez que hay que trasladarlo de un castillo a otro hacen falta docenas de carros con tiros de cuatro caballos. MarÃa Estuardo tiene a su propio servicio un tropel de damas de honor, doncellas y camareras; en los mejores tiempos, no la acompañan menos de cincuenta personas, toda una corte en miniatura con chambelanes, sacerdotes, médicos, secretarios, contables, ayudas de cámara, encargados del vestuario, sastres, tapiceros, cocineros, que la tacaña soberana del paÃs trata desesperada de reducir y MarÃa Estuardo defiende con encarnizada dureza.