Maria Estuardo
Maria Estuardo El hecho de que no se había previsto ninguna mazmorra cruel y romántica para la soberana derrocada lo demuestra desde un principio la elección del hombre a cuya constante vigilancia se le confía. George Talbot, conde de Shrewsbury, es un auténtico noble y caballero. Y además, hasta ese mes de junio de 1569 en que Isabel lo elige, se le podría llamar un hombre feliz. Son suyas grandes propiedades en las provincias nórdicas y centrales, nueve castillos, vive tranquilo en sus propiedades como un pequeño príncipe, a la sombra de la Historia, lejos de cargos y dignidades. La ambición política nunca ha asediado a este hombre rico, que ha vivido su vida serio y feliz. Su barba ya ha encanecido ligeramente, ya cree poder descansar, cuando Isabel le carga de repente con el vidrioso mandato de vigilar a su ambiciosa rival, amargada por la injusticia. Su predecesor, Knollys, respira aliviado apenas Shrewsbury es nombrado y a él se le quita ese peligroso negocio: «Como hay Dios en el cielo que preferiría sufrir cualquier pena antes que seguir con este empleo». Porque es un cargo ingrato, esta honourable custody, cuyos derechos y límites son en extremo imprecisos, y la ambigüedad de tal nombramiento exige un tacto inconmensurable. Por una parte, María Estuardo es reina y a la vez no es reina, es huésped de palabra y prisionera de hecho. Así que Shrewsbury tiene que mostrarle como caballero todas las cortesías del señor de la casa, y a la vez, como hombre de confianza de Isabel, restringirle cuidadosamente toda libertad. Es su superior, y sin embargo sólo puede comparecer ante la reina doblando la rodilla, tiene que ser severo, pero bajo la máscara de la sumisión, debe atender a su huésped y a la vez vigilarla permanentemente. Esta situación en sí misma enmarañada la agrava además su esposa, que ya ha enterrado tres maridos y ahora lleva al cuarto a la desesperación con sus incesantes manejos, porque intriga ora en contra ora en pro de Isabel, ora en contra ora en pro de María Estuardo. Este hombre honesto no lleva una vida fácil entre esas tres excitadas mujeres, súbdito de una, unido a la otra, atado a la tercera por invisibles y forzosas cadenas; en realidad, durante esos quince años el pobre Shrewsbury no fue el guardián, sino el compañero de prisión de María Estuardo, y también en él se cumple la secreta maldición de que esa mujer trae la desgracia a aquel que encuentra en su trágico camino.