Maria Estuardo
Maria Estuardo Porque Francisco II está enfermo, señalado desde el principio para una muerte prematura como un árbol del bosque. Temeroso, de ojos pesados, cansados, como recién despertados del sueño, un niño pálido mira desde un rostro redondo e hinchado al espectador, y un crecimiento repentino y por tanto antinatural debilita aún más su resistencia. Los médicos velan constantemente a su alrededor y le aconsejan con insistencia que se cuide. Pero dentro de ese niño late una ambición tonta y pueril: no quedarse a la zaga de su esbelta y correosa esposa, que ama con pasión el deporte y la caza. Se fuerza a fogosas cabalgatas y esfuerzos físicos para fingir ante sí mismo salud y virilidad; pero la Naturaleza no se deja engañar. Su sangre está incurablemente agotada y envenenada, mala herencia de su abuelo Francisco I; las fiebres le asaltan una y otra vez, en cuanto hace mal tiempo tiene que quedarse en casa, impaciente, temeroso y cansado, una sombra lamentable rodeada de la preocupación de muchos médicos. Tan pobre rey despierta en su corte más compasión que respeto, pero entre el pueblo en cambio pronto corren rumores de que está enfermo de lepra y, para curarse, se baña en la sangre de niños recién ejecutados; los campesinos miran sombríos al pobre muchacho cuando pasa trotando, pálido y lento, en su corcel, y los cortesanos, anticipando el futuro, empiezan a arremolinarse en tomo a la reina madre, Catalina de Médici, y el heredero del trono, Carlos. Con tan cansadas y débiles manos no se pueden tensar mucho tiempo las riendas del poder; de vez en cuando, con rígida y torpe caligrafía, el muchacho pinta su «François» al pie de documentos y decretos, pero en realidad gobiernan los parientes de María Estuardo, los Guisa, en vez de él, que solamente lucha por una cosa: retener el mayor tiempo posible su poquito de vida y de fuerza.