Maria Estuardo

Maria Estuardo

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Apenas se puede llamar matrimonio feliz, si es que hubo tal matrimonio, a semejante convivencia en la habitación de un enfermo, a tan constante preocupación y vigilancia. Pero tampoco nada permite suponer que esos dos medio niños no se llevaran bien, porque ni siquiera una corte tan malvadamente charlatana, de la que Brantôme reseña cada amorío en su «Vie des dames galantes», tiene una palabra de reproche o sospecha para la conducta de María Estuardo. Mucho antes de que la razón de Estado los uniera ante el altar, Francisco y María habían sido compañeros de juegos, una camaradería infantil les unía desde hacía mucho, y por eso el elemento erótico apenas habrá representado un papel especial entre ellos: pasarán años antes de que despierte en María Estuardo la capacidad de entrega apasionada, y Francisco, ese niño agotado por la fiebre, habría sido el último capaz de despertarla en esa naturaleza contenida, profundamente encerrada en sí misma. Sin duda, conforme a su carácter compasivo y complaciente, María Estuardo cuidó a su esposo del modo más atento, porque, si no por sentimiento sí por razón, tenía que saber que todo su poder y esplendor estaba unido a la respiración y al latir del corazón de ese pobre muchacho enfermizo, y que al guardar su vida defendía su propia felicidad. Pero en ese reinado no hay espacio para estar realmente feliz; en el país se agita la revuelta hugonote, y tras el tristemente famoso tumulto de Amboise, que amenaza en persona a la real pareja, María Estuardo tiene que pagar un triste tributo a sus obligaciones de soberana. Tiene que presenciar la ejecución de los rebeldes, tiene que ver —y el momento quedará profundamente grabado en su alma, quizá la iluminará como un mágico espejo en otra hora, la suya— cómo un hombre que lleva los brazos atados es forzado a poner la cabeza en el tajo, cómo con el duro golpe del verdugo, con un sonido sordo, rechinante y tronante, el hacha cae en la nuca y una cabeza rueda sangrando por la arena: una imagen lo bastante espantosa como para apagar todo el brillo de la coronación de Reims. Y una mala noticia sigue a la otra: su madre, María de Guisa, que administra Escocia para ella, ha muerto en junio de 1560, dejando el país sumido en la disputa religiosa y el disturbio, la guerra en las fronteras, las tropas inglesas penetrando en las marcas fronterizas, y María Estuardo ya tiene que llevar vestimentas de luto, en vez de las festivas con las que había soñado como una niña. Su amada música tiene que callar, el baile detenerse. Pero la huesuda mano ya vuelve a llamar a su corazón y a su casa. Francisco II se debilita de día en día, la sangre envenenada que corre por sus venas martillea inquieta detrás de las sienes y ruge en los oídos. Ya no puede andar, no puede cabalgar y tiene que ser llevado en litera de un lugar a otro. Por fin, la infección se hace purulenta en sus oídos, los médicos no saben qué hacer, y el 6 de diciembre de 1560 el infeliz muchacho deja de sufrir.


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