Maria Estuardo
Maria Estuardo Por fin se ha alcanzado el objetivo. María Estuardo ha caído en la trampa, ha dado el consent, se ha hecho culpable. Ahora, Isabel ya no tendría que preocuparse de nada, la justicia decide y actúa por ella. Ha terminado un cuarto de siglo de lucha, Isabel ha vencido, podría alegrarse como el pueblo que festeja ruidoso y entusiasta por las calles de Londres la salvación de su soberana del peligro del crimen y el triunfo de la causa protestante. Pero toda plenitud está siempre misteriosamente trufada de amargura. Precisamente ahora que Isabel podría golpear, le tiembla la mano. Ha sido mil veces más fácil atraer a la trampa a la incauta que matar ahora a la que está atada e indefensa. Si Isabel hubiera querido quitar de en medio violentamente a la incómoda prisionera, hace mucho que se le habrían ofrecido cien posibilidades de hacerlo sin llamar la atención. Ya hace quince años el Parlamento había exigido dar la última advertencia con el hacha a María Estuardo, y desde su lecho de muerte John Knox había conjurado a Isabel: «Si no atacáis la raíz, las ramas volverán a tener brotes, y antes de lo que podéis imaginar». Pero ella siempre había respondido que «no podía matar al pájaro que había huido hasta ella buscando refugio del azor». Ahora en cambio no queda otra elección que la clemencia o la muerte, ahora la decisión siempre aplazada, y sin embargo inaplazable, apremia. Isabel se estremece ante ella, sabe el enorme alcance, imprevisible, que tendrá su sentencia. Desde hoy en día, apenas podemos percibir el peso revolucionario de aquella decisión, que en aquel entonces conmovió todas las jerarquías del mundo. Porque poner bajo el hacha del verdugo a una reina ungida significa nada menos que exponer ante los hasta ahora obedientes pueblos de Europa que también el monarca es una persona justiciable, ejecutable, y no intocable: por eso, en la decisión de Isabel no se está poniendo en cuestión a un mortal, sino una idea. Durante siglos, para todos los reyes de este mundo servirá de advertencia el precedente de que ya en una ocasión ha caído en el patíbulo una testa coronada; no cabe imaginar la ejecución de Carlos I, el nieto de los Estuardo, sin invocar este ejemplo; ni la de Luis XVI y María Antonieta sin el destino de Carlos I. Con su amplia mirada, con su fuerte sentido de la responsabilidad, Isabel intuye lo irrevocable de su decisión, duda, titubea, vacila, aplaza y difiere. Una vez más, y de manera más apasionada que nunca, empieza en ella la lucha de la razón contra el sentimiento, la lucha de Isabel contra Isabel. Y siempre es un espectáculo conmovedor ver a una persona luchando con su conciencia.