Maria Estuardo

Maria Estuardo

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El 14 de agosto, el vestíbulo del castillo de Fotheringhay ofrece una solemne estampa. En la pared del fondo de la sala se ha levantado un baldaquino sobre un fastuoso sofá, que estará vacío durante todas esas trágicas horas; este sillón sólo está destinado a ser, con su muda presencia, símbolo de que, invisible, la reina de Inglaterra, Isabel, preside este tribunal, y la definitiva sentencia se dicta en su nombre y con su conformidad. A derecha e izquierda del estrado se sitúan, ordenados por rango, los distintos miembros del tribunal, en el centro de la sala hay una mesa para el fiscal general, el juez de instrucción, los juristas y escribanos.

A esa sala conducen a María Estuardo, vestida como siempre en estos años de negro riguroso, del brazo de su chambelán. Al entrar, lanza una mirada a la concurrencia y dice, despreciativa: «Cuántos expertos juristas, y ni uno de mi parte». Luego avanza hacia un sillón que se le ha destinado, a pocos pasos del baldaquino, pero unos cuantos peldaños más abajo del vacío trono. La overlordship, el siempre discutido privilegio de Inglaterra sobre Escocia, se hace visible por medio de esta pequeña disposición táctica, que sitúa el sillón de Isabel por encima del suyo. Pero incluso a un palmo de la muerte, María Estuardo no reconocerá esa primacía: «Soy reina —dice, lo bastante alto como para ser oída y entendida—, he estado casada con un rey de Francia, y mi lugar debería estar ahí arriba».


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