Maria Estuardo
Maria Estuardo La vista da comienzo. Igual que en York y Westminster, el proceso es puesto en escena con desprecio de los más elementales principios jurÃdicos. Una vez más, se ha ejecutado antes del proceso, con sospechosa prisa, a los principales testigos —entonces los criados de Bothwell, esta vez Babington y sus compañeros—: sobre la mesa sólo están sus testimonios escritos, obtenidos bajo la coacción de las angustias de la Muerte. Otra quiebra del derecho: incluso los documentos de la acusación, por los cuales va a ser condenada MarÃa Estuardo, sus cartas a Babington y las de Babington a ella, no son, inexplicablemente, leÃdas en su versión original, sino en copia. Con razón MarÃa Estuardo increpa a Walsingham: «¿Cómo puedo estar segura de que no se ha falsificado mi código de cifrado para condenarme a muerte?». Desde el punto de vista jurÃdico, la defensa podrÃa emplearse a fondo en esto, y si MarÃa Estuardo hubiera aceptado tener un abogado le habrÃa sido fácil señalar tan evidentes irregularidades. Pero MarÃa Estuardo está sola ante los jueces, ignorante de las leyes inglesas, sin conocimiento del material probatorio, y funestamente comete el mismo error que en su momento cometiera en York y Westminster: no se limita a discutir los hechos realmente sospechosos, sino que lo niega todo en bloque, discute incluso lo indiscutible. Empieza por negar haber conocido jamás a Babington, y al segundo dÃa, bajo el peso de las pruebas, tiene que admitir lo que antes habÃa negado. De este modo empeora su posición moral, y es demasiado tarde cuando en el último minuto vuelve a refugiarse en el viejo punto de partida, y exige «como reina, el derecho a que se conceda credibilidad a mi real palabra». De nada sirve ya que exclame: «He venido a este paÃs confiando en la amistad y en las promesas de la reina de Inglaterra, y aquÃ, milores —al decir estas palabras se saca del dedo un anillo y lo muestra a los jueces—, está el sÃmbolo del afecto y la protección que he recibido de vuestra reina». Pero estos jueces no quieren defender el derecho, el eterno e indisputable, sino únicamente a su propia reina, quieren traer la tranquilidad a su paÃs. Hace mucho que la sentencia está dictada, y cuando el 28 de octubre los jueces se reúnen en la Starchamber de Westminster solamente un lord, Zouche, tiene el valor de declarar que no está completamente convencido de que MarÃa Estuardo haya atentado contra la vida de la reina de Inglaterra. Con esto priva sin duda a la sentencia de su más hermoso adorno, la unanimidad, pero los otros reconocen obedientes la culpabilidad de MarÃa Estuardo. Asà que un escribano toma asiento y escribe con hermosas letras la sentencia en un pergamino: «La llamada MarÃa Estuardo, que reclama la corona de este reino de Inglaterra, ha aprobado e ideado distintos planes con la finalidad de herir, destruir o matar a la real persona de nuestra soberana, la reina de Inglaterra». Y la pena para un delito asà —el Parlamento lo ha acordado de antemano— es la muerte.