Maria Estuardo

Maria Estuardo

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

La vista da comienzo. Igual que en York y Westminster, el proceso es puesto en escena con desprecio de los más elementales principios jurídicos. Una vez más, se ha ejecutado antes del proceso, con sospechosa prisa, a los principales testigos —entonces los criados de Bothwell, esta vez Babington y sus compañeros—: sobre la mesa sólo están sus testimonios escritos, obtenidos bajo la coacción de las angustias de la Muerte. Otra quiebra del derecho: incluso los documentos de la acusación, por los cuales va a ser condenada María Estuardo, sus cartas a Babington y las de Babington a ella, no son, inexplicablemente, leídas en su versión original, sino en copia. Con razón María Estuardo increpa a Walsingham: «¿Cómo puedo estar segura de que no se ha falsificado mi código de cifrado para condenarme a muerte?». Desde el punto de vista jurídico, la defensa podría emplearse a fondo en esto, y si María Estuardo hubiera aceptado tener un abogado le habría sido fácil señalar tan evidentes irregularidades. Pero María Estuardo está sola ante los jueces, ignorante de las leyes inglesas, sin conocimiento del material probatorio, y funestamente comete el mismo error que en su momento cometiera en York y Westminster: no se limita a discutir los hechos realmente sospechosos, sino que lo niega todo en bloque, discute incluso lo indiscutible. Empieza por negar haber conocido jamás a Babington, y al segundo día, bajo el peso de las pruebas, tiene que admitir lo que antes había negado. De este modo empeora su posición moral, y es demasiado tarde cuando en el último minuto vuelve a refugiarse en el viejo punto de partida, y exige «como reina, el derecho a que se conceda credibilidad a mi real palabra». De nada sirve ya que exclame: «He venido a este país confiando en la amistad y en las promesas de la reina de Inglaterra, y aquí, milores —al decir estas palabras se saca del dedo un anillo y lo muestra a los jueces—, está el símbolo del afecto y la protección que he recibido de vuestra reina». Pero estos jueces no quieren defender el derecho, el eterno e indisputable, sino únicamente a su propia reina, quieren traer la tranquilidad a su país. Hace mucho que la sentencia está dictada, y cuando el 28 de octubre los jueces se reúnen en la Starchamber de Westminster solamente un lord, Zouche, tiene el valor de declarar que no está completamente convencido de que María Estuardo haya atentado contra la vida de la reina de Inglaterra. Con esto priva sin duda a la sentencia de su más hermoso adorno, la unanimidad, pero los otros reconocen obedientes la culpabilidad de María Estuardo. Así que un escribano toma asiento y escribe con hermosas letras la sentencia en un pergamino: «La llamada María Estuardo, que reclama la corona de este reino de Inglaterra, ha aprobado e ideado distintos planes con la finalidad de herir, destruir o matar a la real persona de nuestra soberana, la reina de Inglaterra». Y la pena para un delito así —el Parlamento lo ha acordado de antemano— es la muerte.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker