Maria Estuardo
Maria Estuardo A Isabel le resulta bienvenida esa exigencia. Nada desea más que demostrar al mundo que no es ella la que persigue a MarÃa Estuardo, sino que el pueblo inglés insiste en la ejecución de la sentencia. Y cuanto más fuerte, cuanto más audible, cuanto más visible se haga ese clamor, tanto mejor. Porque de ese modo se le da ocasión de entonar una gran aria de bondad y humanidad en el «teatro del mundo», y como buena y experta actriz aprovecha al máximo la ocasión que se le ofrece. Conmovida, escucha la elocuente exhortación del Parlamento, da gracias a Dios humildemente porque su voluntad la ha salvado del peligro; mas luego alza la voz y habla, por asà decirlo por encima de la estancia, cara al mundo entero y cara a la Historia, para quedar exenta de toda culpa en el destino de MarÃa Estuardo: «Aunque mi vida ha sido amenazada, confieso aquà que nada me ha dolido más que el que alguien de mi estirpe, del mismo rango y origen que yo y tan próxima a mi sangre haya cargado tan gran culpa sobre sus hombros. Estaba yo tan lejos de toda perfidia, que en cuanto descubrà los actos criminales contra mà dirigidos le escribà en secreto que, si me los confesaba en una carta confidencial, todo quedarÃa resuelto en silencio. No se lo escribà en modo alguno para atraerla a una trampa, porque para entonces yo ya sabÃa todo lo que podÃa confesarme. Pero incluso ahora que las cosas han llegado tan lejos, si ella quisiera testimoniar arrepentimiento y nadie reclamara en su nombre pretensiones en mi contra, estarÃa de buen grado dispuesta a perdonar si de ello dependiera tan sólo mi vida, y no también la seguridad y el bienestar de mi reino. Porque sólo deseo vivir para vosotros y para mi pueblo». Confiesa abiertamente cuánto influye en sus dudas el temor al juicio de la Historia: «Porque nosotros los prÃncipes estamos igual que en un escenario, ante las miradas y la curiosidad del mundo entero. La menor mancha de suciedad en nuestra ropa es observada, cualquier debilidad en nuestros actos advertida con rapidez, y por eso tenemos que ser especialmente prudentes para estar seguros de que nuestra forma de actuar siempre es justa y honorable». Por esa razón, solicita al Parlamento que le disculpe que no decida de inmediato, porque «es mi costumbre, incluso en asuntos de mucho menor rango, reflexionar largamente aquello que al fin ha de ser acordado».