Maria Estuardo
Maria Estuardo ¿Es sincero ese discurso, no lo es? Ambas cosas, porque dentro de Isabel habita una doble voluntad: quisiera librarse de su adversaria, y sin embargo aparecer ante el mundo como clemente y generosa. Al cabo de doce dÃas, dirige nuevamente al lord canciller la consulta de si no existe una posibilidad de salvar la vida de MarÃa Estuardo y asegurar al tiempo la propia. Pero una vez más el Consejo de la corona, el Parlamento, renuevan sus apremios, no hay otra escapatoria. Y una vez más Isabel toma la palabra. Un fuerte y casi convencido tono de veracidad —nunca ha hablado de forma más bella— vibra esta vez en sus palabras. Su más Ãntimo sentimiento se expresa cuando dice: «Hoy me encuentro en una mayor división conmigo misma que nunca en mi vida, entre si debo hablar o callar. Si hablara y me quejara, serÃa hipócrita; si callara, todo vuestro esfuerzo habrÃa sido en vano. Puede pareceros extraño que me queje, pero confieso que era mi más Ãntimo deseo encontrar alguna otra escapatoria que la propuesta para proteger vuestra seguridad y mi bienestar… Pero como ha quedado constatado que mi seguridad no puede ser garantizada más que por su muerte, tengo una profundÃsima impresión de pena por ser precisamente yo, que he indultado a tantos rebeldes y pasado de largo en silencio ante tantas traiciones, la que deba mostrar crueldad contra tan elevada princesa…». Ya deja intuir que se inclina a dejarse convencer si se le insiste pero, inteligente y ambigua como siempre, no se vincula a un claro «Sû o «No», sino que termina su discurso con las palabras: «Os ruego que os conforméis por el momento con una respuesta sin respuesta. No me opongo a vuestra opinión, comprendo vuestras razones, pero os ruego que aceptéis mi gratitud, disculpéis mi duda interior y aceptéis con amabilidad que os responda sin dar una respuesta».