Maria Estuardo
Maria Estuardo Las voces de la derecha han hablado. Alto y claro, han dicho muerte, muerte, muerte. Pero también las voces de la izquierda, las voces del lado del corazón, se hacen cada vez más elocuentes. El rey francés envía una legación y apela al interés común de todos los reyes. Recuerda a Isabel que al defender la inviolabilidad de María Estuardo está defendiendo la suya, advierte que el principio supremo para reinar bien y felizmente es no derramar sangre. Recuerda el derecho de asilo, sagrado en todos los pueblos, que Isabel no puede proceder contra Dios atentando contra la cabeza de una reina ungida. Y como Isabel, a su astuta manera, sólo da garantías a medias y se pierde en giros impenetrables, el tono de los enviados extranjeros es cada vez más áspero. Lo que al principio era un ruego aumenta hasta advertencia imperativa, hasta amenaza abierta. Pero Isabel, con experiencia del mundo y familiarizada desde hace un cuarto de siglo con todos los circunloquios de la política, tiene un oído muy fino. En todos esos discursos enfáticos, sólo escucha una cosa: si los embajadores llevan entre los pliegues de su toga el mandato de romper las relaciones diplomáticas y declarar la guerra. Y pronto advierte que detrás de las fuertes y sonoras palabras no vibra hierro alguno, que ni Enrique III ni Felipe II están seriamente decididos a desenvainar la espada en cuanto el hacha del verdugo caiga sobre la nuca de María Estuardo.