Maria Estuardo
Maria Estuardo Asà que finalmente sólo responde con un indiferente encogerse de hombros al teatral tronar diplomático de Francia y España. Desde luego, hay que mostrar más habilidad para dejar a un lado otra objeción, la de Escocia. Si hay alguien en el mundo que tenga la sagrada obligación de evitar el ajusticiamiento de una reina de Escocia en un paÃs extranjero es Jacobo VI, porque la sangre que se va a derramar es su propia sangre, la mujer a la que se va a quitar la vida es la misma que le dio la suya: su madre. En cualquier caso, Jacobo VI no deja mucho margen al amor filial. Desde que se ha convertido en asalariado y aliado de Isabel, su madre, que le niega el tÃtulo de rey, que le ha repudiado solemnemente y ha intentado entregar su derecho hereditario a reyes extranjeros, no es en realidad más que un obstáculo. Apenas se entera de que se ha descubierto la conspiración Babington, se apresura a transmitir sus felicitaciones a Isabel y dice malhumorado al embajador francés, que le molesta en medio de su ocupación predilecta, la caza, con su exigencia de que ejerza su influencia a favor de su madre, que ella «debe tomarse ahora la sopa que ha cocinado» («qu’il fallait qu’elle but la boisson qu’elle avait brassé»). Declara expresamente que le resulta indiferente «el rigor con que se la trate y que ahorquen a todos sus viles servidores». Pero lo mejor serÃa que «no se dedicara ya a otra cosa más que a rezar a Dios». No, todo ese asunto no le incumbe, e inicialmente este hijo poco sentimental se niega incluso a enviar una delegación a Londres. Sólo cuando ya se ha producido la condena de MarÃa Estuardo y en toda Escocia se alza un movimiento de indignación nacional ante el hecho de que una reina extranjera quiera atentar contra la vida de la reina ungida de Escocia, no tiene más remedio que advertir el triste papel que liarÃa si siguiera mudo y no hiciera algo, cuando menos pro forma. Desde luego no va tan lejos como reclama el Parlamento escocés, que en caso de ejecución exige la inmediata suspensión de la alianza e incluso la guerra. Pero se sienta a la mesa y escribe enérgicas, excitadas y amenazantes cartas a Walsingham, y envÃa una legación a Londres.