Maria Estuardo
Maria Estuardo Isabel sabe ahora que ni Francia ni España ni Escocia le impedirán realmente poner fin al asunto. Sólo hay una persona que quizá podrÃa salvar aún a MarÃa Estuardo: la propia MarÃa Estuardo. Tan sólo tendrÃa que pedir clemencia, y probablemente Isabel se darÃa por satisfecha con ese triunfo interior. En lo más hondo de su ser quizá espera en secreto esa llamada, que la librarÃa de sus tormentos de conciencia. Durante esas semanas se intenta todo para quebrar el orgullo de MarÃa Estuardo. En cuanto se dicta la sentencia de muerte, Isabel le envÃa el documento de la condena, y Amyas Poulet, ese funcionario seco, sobrio y aún más repulsivo en su cargante decencia, aprovecha enseguida la ocasión para ofender a la condenada, que para él ya sólo es «une femme morte sans nulle dignité», una mujer muerta sin dignidad alguna. Por primera vez, mantiene en su presencia el sombrero puesto —pequeño y necio descaro de un alma subalterna, a la que la desgracia ajena vuelve arrogante en vez de humilde—, y ordena a los criados de MarÃa Estuardo que retiren de inmediato del trono el baldaquino con las armas de Escocia. Pero la servidumbre se niega a obedecer al carcelero, y cuando Poulet hace arrancar el baldaquino a sus propios subordinados, MarÃa Estuardo cuelga un crucifijo en el lugar del que hasta ahora pendÃan las armas de Escocia, para manifestar que la respalda un poder mayor que el de ese paÃs; para cada pequeña y vejatoria ofensa de su adversario tiene un gesto de fuerza. «Se me amenaza si no pido clemencia —escribe a sus amigos—, pero yo os digo que si ella me ha destinado a morir, que recorra el camino de su injusticia.» ¡Que Isabel la mate, tanto peor para Isabel! ¡Mejor una muerte que humille a su adversaria ante la Historia que una suavidad hipócrita que corone a su enemiga con el aura de la generosidad! En vez de protestar o pedir clemencia cuando se le entrega la sentencia de muerte, da humildemente como cristiana las gracias a Dios por la decisión, pero a Isabel le responde orgullosa como reina: «Madame, agradezco a Dios de todo corazón que, a través de vuestras medidas, se complazca en poner fin a la larga peregrinación de mi vida. Por eso no ruego que se prolongue: he tenido demasiado tiempo para experimentar la amargura de la vida. Tan sólo, ya que no puedo esperar favor alguno de los ministros que ostentan los primeros puestos de Inglaterra, ruego de vos (y de nadie más) los siguientes favores: