Maria Estuardo

Maria Estuardo

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El miércoles 1 de febrero de 1587, el escribiente Davison —Walsingham tiene la suerte o la inteligencia de estar enfermo en esos días— recibe de repente, en el jardín de Greenwich, la llamada del almirante Howard, que le ordena presentarse enseguida ante la reina y ponerle a la firma la sentencia de muerte de María Estuardo. Davison coge el documento redactado por el propio Cecil y se lo entrega enseguida a la reina junto con otra serie de papeles. Pero, es extraño, Isabel, la gran actriz, parece de repente no tener prisa en firmar. Se muestra indiferente, charla con Davison acerca de cuestiones muy apartadas del caso, mira por la ventana para admirar la luminosidad de la mañana invernal. Sólo entonces pregunta como de pasada —¿ha olvidado de veras que le ha ordenado expresamente venir con la sentencia de muerte?— qué le trae por allí. Davison responde: documentos para la firma, entre ellos aquel que lord Howard le ha ordenado especialmente someterle. Isabel coge las hojas, pero se guarda de leerlas. Rápidamente las firma una tras otra, entre ellas por supuesto la sentencia de muerte de María Estuardo; al parecer, al principio había tenido la intención de hacer como si firmara el mortal documento sin darse cuenta, entre otros papeles. Pero en esta voluble mujer el viento cambia pronto de dirección. Al instante siguiente revela lo muy consciente que era de su acción, porque declara expresamente a Davison que tan sólo ha dudado tanto tiempo para que a todos les sea evidente lo a disgusto que ha dado su consentimiento. Ahora debe entregar al canciller la sentencia firmada, y hacer que se le estampe el gran sello, sin que nadie más se entere, y luego entregar el warrant a las personas destinadas a ejecutarlo. La orden es clara, no deja a Davison ninguna posibilidad de dudar de la decidida voluntad de Isabel. Y hasta qué punto hace mucho que se ha familiarizado con la idea lo atestigua de forma todavía más clara la circunstancia de que ahora discute con Davison todos los detalles con total frialdad y claridad. La ejecución debe tener lugar en el gran salón del castillo, el patio exterior o el interior no le parecen lo bastante adecuados. Además, le advierte de que la firma de la sentencia debe ser mantenida en secreto. Después de tan largo tormento, haber tomado una decisión alivia siempre el alma. La seguridad por fin adquirida parece ponerla incluso de buen humor; Isabel se divierte, porque le dice a Davison en broma que sin duda el dolor de la noticia matará a Walsingham.


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