Maria Estuardo
Maria Estuardo Durante toda la noche han resonado los martillazos en este salón. Han quitado las mesas y las sillas, y al final de la sala se ha levantado una plataforma de dos pies de altura, cubierta con una tela negra, como un catafalco. Delante del tajo revestido de negro que hay en su centro se ha colocado ya un escabel negro con negros cojines, en el que la reina habrá de arrodillarse para recibir el golpe mortal. A la derecha y a la izquierda hay sendos sillones para los condes de Shrewsbury y Kent, como representantes de Isabel, y en pie junto a la pared, rígidos como piedras, vestidos de terciopelo negro y cubiertos con máscaras negras, dos figuras sin rostro: el verdugo y su ayudante. A este escenario de espantosa grandeza sólo pueden subir la víctima y el verdugo: pero al fondo de la sala se apiñan los espectadores. Vigilada por Poulet y sus soldados, se ha tendido allí una barrera tras de la cual están doscientos nobles, venidos a toda prisa de la vecindad para ver el espectáculo único, y hasta ahora insólito, de una reina ungida ejecutada. Ante las puertas cerradas del castillo se apretujan además cientos y cientos de personas del pueblo bajo, atraídas por la noticia; pero a ellos les está vedado el acceso. Sólo la sangre noble puede mirar cómo se derrama sangre real.