Maria Estuardo

Maria Estuardo

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Sin embargo, aún le espera una dura prueba. María Estuardo quiere que esta última hora sea pura y grandiosa; debe brillar sobre el mundo como un fanal de la fe, como una gran llama del martirio católico. Pero a los lores protestantes les importa evitar que el último gesto de su vida se eleve a impresionante confesión de una devota católica; así que en el último momento intentan empequeñecer la pose soberana de María Estuardo por medio de pequeñas hostilidades. En el corto camino de su cuarto a la sala de ejecución, la reina había mirado varias veces a su alrededor para ver si su confesor estaba entre los presentes, para poder recibir su absolución y bendición al menos mediante un mudo gesto. Pero es en vano, su confesor no ha podido abandonar su cuarto. Ahora que ya se prepara a sufrir la ejecución sin consuelo religioso, aparece de pronto en el patíbulo el párroco reformado de Peterborough, doctor Fletcher: hasta en el último segundo de su vida se abre paso hasta ella la cruel y espantosa lucha entre las dos religiones que ha perturbado su juventud y destruido su destino. Desde luego los lores saben de sobra, porque la ha rechazado tres veces, que la creyente católica María Estuardo prefiere morir sin asistencia sacerdotal que con la asistencia de un sacerdote hereje. Pero igual que María Estuardo quiere honrar su religión ante el patíbulo, también los protestantes quieren hacer honor a la suya, también ellos exigen la presencia de su Dios. Con el pretexto de la delicada preocupación por la salvación de su alma, el párroco reformado da comienzo a un sermón más que mediocre, que María Estuardo, impaciente por morir con rapidez, trata en vano de interrumpir. Por tres y cuatro veces ruega al doctor Fletcher que no se esfuerce, que persiste en la fe católico-romana, en cuya defensa, por la gracia de Dios, va a derramar su sangre ahora. Pero el curita tiene poco respeto a la voluntad de una moribunda, y mucha vanidad. Ha preparado su sermón y se siente muy honrado de pronunciarlo ante tan distinguido auditorio. Sigue parloteando y salmodiando, y por fin a María Estuardo no se le ocurre otro remedio contra la adversa prédica que coger en una mano el crucifijo como si fuera un anua y en la otra su devocionario, caer de rodillas y rezar en voz alta en latín para sobreponerse con las sagradas palabras al tonsurado. En lugar de alzar juntos la voz a un Dios común por el alma de una persona sacrificada, a dos pasos del patíbulo se enfrentan las dos religiones; como siempre, la hostilidad es más fuerte que el respeto ante la angustia ajena. Shrewsbury y Kent, y con ellos la mayoría de los congregados, rezan en inglés. María Estuardo y su servidumbre, en latín. Sólo cuando el párroco calla al fin y retoma el silencio, María Estuardo vuelve a tomar la palabra en inglés y pronuncia una sonora intercesión por la golpeada Iglesia de Cristo. Da las gracias por el fin de sus padecimientos y declara en voz alta, apretando el crucifijo contra el pecho, que espera ser salvada por la sangre de Jesucristo, cuya cruz sostiene en sus manos y por el que está dispuesta a derramar la suya. Una vez más, el fanático conde de Kent trata de perturbar su pura oración, la exhorta a dejar a un lado esas «popish trumperies», esas mentiras papistas. Pero esta moribunda está ya demasiado lejos de toda disputa terrenal. No responde con un solo ruido, una sola mirada, sino que alza audiblemente la voz sobre la sala para decir que perdona de todo corazón a todos sus enemigos, que tanto tiempo llevan buscando su sangre, y ruega a Dios que los guíe hacia la verdad.


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