Maria Estuardo

Maria Estuardo

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Ya no hay mucho que hacer. Sólo le queda inclinar la cabeza sobre el tajo, que agarra con ambos brazos, amante de su muerte. Hasta el último instante, María Estuardo ha mantenido la grandeza real. Ni con un movimiento, ni con una palabra ha revelado temor. Con dignidad, la hija de los Estuardo, de los Tudor, de los Guisa, se ha preparado para morir. Pero ¡de qué sirve toda la dignidad humana, toda una actitud aprendida y heredada, contra el espanto que se adhiere a todo crimen! Nunca —en esto mienten todos los libros y relatos— puede ser romántica y pura la ejecución de un ser humano. El hacha del verdugo siempre transforma la muerte en cruel espanto y vil carnicería. El primer golpe del verdugo ha fallado, no ha cortado la nuca, sino que ha dado de plano en la parte de atrás de la cabeza. Un estertor, un gemido sale ahogado de la boca de la martirizada, pero no alto. El segundo golpe penetra en la nuca y hace que la sangre salpique estridente. Pero sólo el tercero separa la cabeza del tronco. Y, nuevo horror: cuando el verdugo va a coger la cabeza por los cabellos para enseñarla, coge solamente la peluca, y la cabeza se desprende. Como una pelota, rueda y atruena cubierta de sangre por el entarimado, y cuando el verdugo vuelve a cogerla y la levanta, la que se ve —fantasmagórica visión— es la de una anciana de cabellos cortos y grises. Por un instante, el espanto ante la matanza paraliza a los espectadores, nadie respira ni habla. Por fin, el párroco de Peterborough logra con esfuerzo articular el grito: «Dios salve a la reina».


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