Maria Estuardo
Maria Estuardo Al mismo tiempo, las dos damas han empezado a desvestir a MarÃa Estuardo; ella misma ayuda a quitarse el collar con el agnusdéi. Lo hace con mano firme y —como dice el mensajero de su enemigo Cecil— «con tanta prisa como si estuviera impaciente por dejar este mundo». Cuando el manto negro y el vestido oscuro caen de sus hombros, resplandece la ropa interior de seda roja, y cuando sus servidoras le ponen los guantes rojos, se alza allà de pronto como una llama sangrienta, figura grandiosa, inolvidable. Y ahora llega la despedida. La reina abraza a sus servidoras y las exhorta a no sollozar ni quejarse. Sólo entonces se arrodilla en el cojÃn y pronuncia en voz alta el salmo latino: «In te Domine, confido, ne confundar in aeternum».