Maria Estuardo
Maria Estuardo El turbio negocio de informar a la supuestamente ignorante de la ejecución de su dear sister corresponde a Cecil. No se siente feliz. Desde hace veinte años, en ocasiones similares, sobre los acreditados consejeros ha caído más de una tormenta, auténtica en su furia y fingida en cuanto a la política de Estado; también esta vez este hombre tranquilo y serio se arma interiormente con una especial relajación antes de penetrar en el salón de recepciones de su soberana para informarla al fin, oficialmente, de que se ha producido la ejecución. Pero la escena que ahora se produce no tiene parangón. ¿Cómo? ¿Se han atrevido a ejecutar a María Estuardo sin su conocimiento, sin su orden expresa? ¡Imposible! ¡Inconcebible! Ella nunca habría tomado en consideración tan cruel medida, salvo que un enemigo extranjero hubiera hollado el suelo de Inglaterra. Sus consejeros la han engañado, traicionado, han actuado con ella como unos canallas. Ese acto pérfido y vil ha ensuciado de forma incurable su prestigio, su honor, a los ojos del mundo entero. ¡Ah, su pobre y desdichada hermana, víctima de un lamentable error, de una infame canallada! Isabel solloza, grita y patalea como una loca. Insulta del modo más rudo a ese hombre de grises cabellos, diciendo que él y otros miembros del Consejo se han atrevido a hacer ejecutar sin su expreso consentimiento la sentencia de muerte firmada por ella.