Maria Estuardo
Maria Estuardo Cecil y sus amigos no habían dudado ni por un momento de que Isabel reprobaría la «ilegal» acción de Estado urdida por ella como un «error de instancias inferiores». Conscientes de su deseada desobediencia, se habían reunido para asumir juntos la «carga» de la responsabilidad de la reina. Pero pensaban que Isabel sólo se serviría de esa excusa ante el mundo y sub rosa, en el salón donde concedía las audiencias privadas, les daría incluso las gracias por la rápida eliminación de su rival. Pero Isabel ha preparado interiormente su fingida ira de tal modo que, contra su voluntad o al menos más allá de su voluntad, se vuelve auténtica. Y lo que ahora se abate sobre la inclinada cabeza de Cecil no es una tormenta teatral, sino una aplastante descarga de verdadera furia, un huracán de insultos, un aguacero de improperios. Isabel casi llega a las manos con su más fiel consejero, le ofende con palabras tan inauditas que el anciano ofrece su dimisión, y de hecho, como castigo por su supuesta indiscreción, no se le permite presentarse en la corte durante algún tiempo. Sólo ahora queda claro con cuánta habilidad, con cuánta previsión ha actuado Walsingham, el verdadero instigador, al preferir estar enfermo o hacerse el enfermo durante las jornadas decisivas. Porque todo el cuenco de la ira real se derrama ardiente sobre su lugarteniente, el desdichado Davison. Se convierte en chivo expiatorio, en objeto de demostración de la inocencia de Isabel. Nunca ha tenido derecho, jura ahora Isabel, a entregar la sentencia de muerte a Cecil y ponerle el sello del Estado. Ha actuado por propia iniciativa, contra su deseo y voluntad, y le ha causado un daño inconmensurable con su insolente urgencia. Por orden suya, se presenta en la Starchamber pública acusación contra el desleal funcionario, que en realidad ha sido demasiado leal; mediante una resolución judicial, ha de quedar solemnemente establecido a los ojos de Europa que la ejecución de María Estuardo tan sólo es culpa de ese truhán, e Isabel la ignoraba por completo. Naturalmente, los mismos consejeros de Estado que han jurado compartir como hermanos la responsabilidad dejan vergonzosamente en la estacada a su compañero; corren para salvar sus propios puestos de ministro y prebendas de la real tormenta. Davison, que no tiene más testigos de la orden de Isabel que las mudas paredes, es condenado a diez mil libras, una suma que nunca podrá pagar, y arrojado a las mazmorras; sin duda se le asigna en secreto una pensión, pero durante el resto de su vida no podrá presentarse en la corte de Isabel, su carrera está rota, su vida definitivamente acabada. Siempre es peligroso para un cortesano no entender los secretos deseos de su rey. Pero aún más funesto resulta a veces haberlos entendido demasiado bien.