Maria Estuardo
Maria Estuardo La bella leyenda de la inocencia e ignorancia de Isabel es demasiado osada como para pasar por cierta a los ojos del mundo. Quizá sólo hay una persona que acaba creyéndose esta fantástica representación, y, asombrosamente, es Isabel. Porque una de las más curiosas características de las naturalezas histéricas o con tendencia a la histeria es no sólo su capacidad de mentir sorprendentemente bien, sino también de engañarse a sí mismas. Consideran cierto lo que quieren que lo sea, y su testimonio puede ser a veces la más sincera de las mentiras, y por eso la más peligrosa. Probablemente Isabel se considera del todo sincera cuando explica y jura a quien quiere oírlo que jamás ordenó o siquiera quiso la ejecución de María Estuardo, porque realmente había media voluntad en ella, que no quería hacerlo, y el recuerdo de ese no querer desplaza poco a poco la participación en un hecho insidiosamente deseado. Su estallido de ira al recibir la noticia, que sin duda quería que ocurriera, pero no conocer, no fue sólo un golpe de teatro ensayado, sino a la vez —en su naturaleza todo es ambiguo— una ira genuina, sincera, un no poder perdonarse haber violado sus más puros instintos, una ira genuina también contra Cecil, que la había arrastrado a esa acción y sin embargo no había sabido ahorrarle su responsabilidad. Isabel se emplea tan apasionadamente en su autosugestión de que lo ocurrido ha tenido lugar contra su voluntad, que desde ahora vibra en sus palabras un acento casi convincente. Ya no parece un engaño cuando recibe vestida de luto al embajador francés y le jura que «ni la muerte de su padre ni la de su hermana le habían afectado de tal modo», pero es «una pobre y débil mujer, rodeada de enemigos». Si los miembros de su Consejo de Estado que le han jugado esta lamentable pasada no llevaran tanto tiempo a su servicio, sus cabezas habrían rodado en el cadalso. Ella sólo había firmado la sentencia de muerte para calmar a su pueblo, pero no la hubiera hecho ejecutar salvo que un ejército extranjero hubiera penetrado en Inglaterra.